Queridos compañeros de viaje y lectoras:
¿Han escuchado alguna vez hablar de la tierra del cóndor?
En el corazón de Colombia, extendida sobre la Cordillera Oriental de los Andes, se encuentra Cundinamarca. Una tierra de montañas, páramos y valles que alguna vez fue territorio de los Muiscas.
Pero ¿de dónde viene la palabra «Cundinamarca»?
Su origen no está del todo claro.
Algunos estudiosos han buscado sus raíces en lenguas andinas, y plantean que pudo surgir de una transformación de nombres como Cundi-ramarca o Cuntinamarca.
Una de las interpretaciones más sugerentes propone una raíz quechua:
Kuntur: condor
Marka: marca, región, territorio.
Desde esta perspectiva, Cundinamarca podría ser el lugar, la tierra o la comarca del Cóndor.
¿Es realmente ese su significado?
No podemos afirmarlo con certeza.
Pero me basta ver un cóndor sobrevolando las montañas de los Andes, aquí donde la tierra parece tocar el cielo, para que la idea resulte demasiado hermosa y poderosa como para no dejarme seducir por ella.
Me gusta pensar que ese es el origen.
Cundinamarca ocupa poco más del 2 % del territorio colombiano. Y, sin embargo, dentro de esa extensión relativamente pequeña se encuentra Bogotá, la capital del país.
Bogotá ha sido mi casa durante los últimos dieciséis años.
Quizás por eso nunca había pensado en lo que escondía el nombre de esta tierra.
Hasta ahora.
Porque a veces basta con detenernos y mirar un territorio de otra manera para descubrir que aquello que creíamos conocer, comienza a revelar nuevas capas.
Otros sentidos.
Otras historias.
Y, a veces, una pista.
Quizás Cundinamarca y la sabana de Bogotá nos esté invitando a mirar de otra manera.
Hacia las montañas.
Hacia las profundidades de la tierra.
Algo que todavía no alcanzo a ver.
Bogotá: 2.600 Metros más Cerca de las Estrellas
Bogotá está suspendida a 2.625 metros sobre el nivel del mar. O, como lo popularizó la Alcaldía de Enrique Peñalosa a finales de los 90s: 2.600 metros más cerca de las estrellas.
Cuestión de perspectiva.
Y quizás, así como me gusta creer que Cundinamarca es la tierra del cóndor, también siento que Bogotá tiene algo mágico.
Y parte de esa magia está, precisamente, en su geografía.
Porque Bogotá no está sola.
La ciudad se encuentra rodeada por montañas y conectada con territorios que descienden desde las alturas de los Andes hacia otros mundos de clima, vegetación, animales y paisaje.
Cuatro pisos térmicos rodean y abrazan la ciudad.
Cuatro formas de habitar la montaña.
Piso páramo: entre los 3.000 y 4.000 metros de altura, con temperaturas entre 12°C y 0°C. Aquí habitan los grandes páramos de Sumapaz y Chingaza, territorio de niebla, agua y frailejones.
Piso frío: entre los 2.000 y 3.000 metros, con una temperatura entre los 12 °C y 17 °C. Aquí se extiende la Sabana de Bogotá, con sus campos, humedales y municipios vecinos como Chía, Cajicá y Cota.
Piso templado: entre 1.000 y 2.000 metros, con temperaturas entre 17 °C y 24 °C. Aquí priman los municipios en las faldas de las montañas hacia el occidente y sur, como Anolaima, Cachipay y Arbeláez.
Piso cálido: por debajo de los 1.000 metros, dónde las temperaturas superiores los 24 °C. Son las tierras que descienden hacia los valles de los ríos Magdalena o hacia el Sumapaz profundo.
Un anillo vivo que alimenta y sostiene.
Agua.
Tierra.
Semillas.
Montañas.
Páramos.
Bosques.
Y… esmeraldas.
Muchas esmeraldas.
Gotas de aceite.
Mis preferidas.
La mayoría de los bogotanos tienen un llamado recurrente, una afición de escapar-se de Bogotá. Los fines de semana y, especialmente, cada puente festivo, miles de personas abandonan la ciudad buscando otro ritmo.
Cambiar de clima.
Respirar naturaleza.
Volver al campo.
Visitar la familia.
“Puebliar” (coloquial para descubrir pueblos).
Y, sobre todo, salir por un momento de la lógica de la ciudad.
Aunque para conseguirlo haya que atravesar esos legendarios trancones, una frontera invisible alrededor de Bogotá.
Yo, querido lector y compañera de viaje, suelo evitar las salidas de Bogotá por tierra. Pero, hay invitaciones que llegan con una energía distinta.
Y algunas merecen hacer una excepción.
Esta fue una de ellas.
Abril 2026
En abril acepté la invitación de viajar hasta La Mesa, Cundinamarca, y participar en una ceremonia de hongos organizada por Marcela Serrano y la Dra. Ximena Pabón, en la Hacienda Siete Sentidos.
Y, por supuesto, ¿qué mejor que compartir lo bueno?
Así que extendí esa invitación a Yazmín Beltrán.
Dos semanas después de haber agendado la ceremonia, un día cualquiera, mientras cuidaba mis plantas, vi algo inusual.
Entre las hojas habían aparecido varias bolitas de color café cobrizo.
Había varias.
Tomé una entre mis dedos.
Y no podía creer lo que estaba viendo.
Queridos compañeros de viaje, ¿adivinen qué era?
¡Un hongo!
En nueve años, jamás había aparecido uno solo en aquel jardín.
Y ahora, justo después de aceptar la invitación a una ceremonia de hongos, aparecían varios.
¿Casualidad?
No creo en ellas.
Mayo 28 y 29 de 2026
Así que el jueves 28 de mayo, junto con Yaz, salimos de Bogotá rumbo a La Mesa.
La idea era sencilla: llegar con tiempo, descansar y estar frescas para la ceremonia del viernes 29.
Ya en la Hacienda Siete Sentidos, después de la comida, propuse que hiciéramos un fuego Homa.
Marce escogió un lugar hermoso.
Debajo de un árbol frondoso, cuyas raíces emergían del suelo, y frente al lago, nos sentamos Yaz, Marce, Xime y yo, cada una con su pirámide. También nos acompañaron nuestros guías en la toma: José Luis y Lili. Esta pareja que guarda los misterios de la psilocibina y que habían venido desde Tierra Adentro con el tesoro preciado.
Encendimos el fuego con el mantra de la bendición.
La resonancia de nuestras voces incitó el canto de las aves.
El tiempo se aquieto.
El lugar se llenó de silencio y de una profunda sensación de paz.
Y así, envuelta en esa atmósfera, me fui a dormir, con la expectativa del viaje del siguiente día.
La ceremonia ocurriría apenas dos días antes de que regresáramos con Yaz, por tercera vez este año, a Cartagena del Cristo.
Y diez días antes de que partiéramos hacia Estambul (Turquía).
Después vendrían Bosnia y Turquía.
Más adelante, nuestros caminos se separarían: yo continuaría hacia Japón y, unas semanas después, volvería a encontrarme con Yaz en Albania y Rumanía, a finales de julio.
Por eso, cuando tomé la decisión de ir a La Mesa, sentía que la toma de hongos era una especie de alistamiento.
Una preparación.
Un pequeño ritual antes de un viaje mucho más grande.
Quizás sí lo era.
Pero no de la manera que yo imaginaba.
Querida lectora, querido compañero de viaje, no voy a hablarte de mi experiencia con los deliciosos hongos. Voy a compartirte lo que ocurrió después de la toma.
Y voy a comenzar con la experiencia de Yaz en esta entrada, y en la siguiente, compartiré lo ocurrido al final de aquella noche.
Por ahora los dejó con la experiencia de Yaz, narrada en sus propias palabras.
La Experiencia de Yaz
“A pesar de haber finalizado la ceremonia, seguíamos cerca del lago.
Sentí entonces el impulso de acercarme nuevamente al bosquecito donde estaba el árbol de ayer, donde hicimos el fuego Homa. Entonces comencé a caminar tranquilamente por el borde del lago, observando sus aguas y dejándome llevar por su belleza y serenidad.
Admiraba y avanzaba con detenimiento.
Con cada paso lento observaba cada detalle que se pasaba por mis ojos con profunda admiración.
Cuando llegué al final del lago, me encontré con el remanente de bosque donde estaba el árbol de anoche.
Me quede allí, contemplando, maravillada con la belleza de esa imagen.
Veía en el árbol y en cada planta, la magnificencia del creador.
¿Cómo es posible tener tanta belleza y tanta perfección en la naturaleza y a veces no la vemos?
Sentí el impulso de caminar hacia el gran árbol, que entre todos los demás, llamó especialmente mi atención.
Era grande, hermoso y tenía una forma especial.
Sentía su fuerza y una conexión especial.
Tenía una presencia que parecía diferente a los demás.
Sin saber exactamente por qué, sentí el impulso de detenerme frente a él.
Me quedé observándolo en silencio y, puse mi mano derecha sobre su tronco, y al instante percibí su fuerza y su majestuosidad.
Entonces descubrí algo que conmovió profundamente todo mi Ser.
Sus raíces se extendían desde la tierra y se adentraban poco a poco en el lago, como si el árbol quisiera tocar el agua, abrazarla o beber de ella desde sus profundidades.
Y es en ese momento me muestran un espejo de agua en las raíces del árbol, ubicado en el borde del lago de Siete Sentidos. Tenía la misma imagen que el espejo de agua el Matapuercal, el ojo de agua en el Jardín Botánico “Guillermo Piñeres” en Turbaco, cerca de Cartagena del Cristo.
Entonces entendí que no solo hay un lago en Siete Sentidos, sino un ojo de agua, y que está conectado con el ojo de agua el Matapuercal. Esto hizo que me emocionara y admirara tan grande belleza.
No era simplemente un árbol junto a un lago, parecía unir dos mundos: la tierra firme y profunda, y el agua cambiante y misteriosa.
Era un gran árbol que permanece y conecta sus raíces como vínculo entre ambos mundos, con las profundidades de las aguas y, al mismo tiempo se extiende con su seguridad y su frondosidad, pues sabe lo que tiene”.
Dos Ojos: Una Misma Trama
Cada ojo de agua, separado por cientos de kilómetros, o por dieciséis horas de carretera, parece independiente. Y, sin embargo, no están realmente aislados.
Su conexión no es evidente.
Es subterránea.
Aquí no hay líneas rectas sino correspondencia.
Un punto que recuerda a otro punto.
Un espejo de agua que parece reflejar otro espejo de agua.
Y dos ojos de agua unidos por una misma mirada, la presencia de Yaz.
Ella, por un instante, entro a una cartografía antigua para hacerla visible para nosotros.
Una cartografía que no se dibuja con fronteras rígidas.
Se dibuja con agua, con fluidez.
Cada vez más entiendo que el territorio no es una colección de lugares.
Es más una trama.
Una red de puntos, formas y flujos que apenas comienzo a percibir.
Ni siquiera a entender, aún.
Y entonces pienso nuevamente en el teselado hexagonal.
Mi aprendizaje, o quizás la invitación del territorio: aprender a mirar, no solamente los lugares, sino las conexiones entre ellos. Y entonces la distancia cambia de significado y la ilusión de separación se desborona.
Quizás de ahí la insistencia del Comando Solar y el Comando Nuclear de registrar los puntos de conexión para trazar esa nueva cartografía.
Ahora regreso a esos dos ojos de agua: Siete Sentidos en La Mesa (Cundinamarca) y Matapuercal en Turbaco (Bolívar).
Quizás no estaban simplemente mirándose.
Quizás se estaban recordando mutuamente.
Recordandose también con el ojo de agua de Tordecillas (Turbaco, Bolivar) y la Ciénaga de La Virgen (Cartagena del Cristo, Bolivar).
Aquí ya no hay coincidencias.
Gracias Yazmín Beltrán Torres por animarse a escribir su experiencia y por sus aportes a la edición de esta entrada.
Gracias José Luis y Lili por guardar la sabidurpia del hongo sagrado: Teonanácatl. Por encontrarlo, recogerlo, empacarlos, transportarlo y ofrecerlo con tanto cariño y respeto.
Gracias a todos los seres vivientes de Tierra Adentro (departamento del Cauca, Colombia).
Gracias a Marce y a todo su equipo de Siete Sentidos en La Mesa por recibirnos con tanto cariño.
Descubre más desde One Soul Atlas
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
