Cruzamos la Plaza de la Aduana y seguimos bordeando el antiguo corazón de Cartagena. Dejamos atrás el Museo de Arte Moderno, giramos hacia la izquierda y pasamos frente al Santuario de San Pedro Claver, como si una silenciosa procesión de piedras, santos y memorias nos fuera guiando.
Miga de la esclavitud #4
Unos pasos más adelante, justo antes de encontrarnos con la muralla, apareció a la izquierda una rampa. Parecía discreta, pero algo en ella tenía el peso de una invitación.
Ascendía hacia nuestra cuarta miga: el Baluarte de San Ignacio de Loyola, nombrado en honor al fundador de la orden jesuita.
Un letrero anunciaba que el baluarte había sido terminado hacia 1630 y que antiguamente era conocido como Los Moros, por su función defensiva. Y yo me pregunté: ¿Y acaso todo Cartagena de Indias no tenía una función defensiva?
Subimos la rampa.
La plataforma estaba habitada por pequeñas escenas profundamente humanas: una pareja adolescente haciendo visita al lado de un cañón, otra dejándose acariciar por la brisa tibia del Caribe. En la esquina derecha, la vieja garita de vigilancia del baluarte permanecía inmóvil, como un ojo de piedra todavía despierto.
La firmeza que vigilancia.
La vigilancia que resguarda “lo valioso”: la ciudad, el oro, la fe católica, el poder.
El resguardo que sostiene el poder.
Centinela de resistencia y supervivencia.
Nos acercamos.
Sentí tristeza.
Un dolor profundo.
Un dolor que no correspondia a lo que estaba viendo.
Desde allí Cartagena desplegaba sus mundos:
Getsemaní respirando al otro lado,
el muelle de los Pegasos reflejado sobre el agua de la Bahía de las Ánimas,
y al fondo el Centro de Convenciones, moderno y silencioso entre memorias coloniales.
Y entonces el llamado no fue analizar ni entender, sino bendecir.
Bendecir esa vista, aun sin saber qué habría ocurrido allí. ¿Porqué era una miga de la esclavitud?
El juego entre la piedra y el mar.
El resplandor dorado flotando sobre la bahía.
Después de esa bendición, mis manos comenzaron a moverse solas, tomando formas, dibujando símbolos invisibles en el aire.
Abajo, una vendedora ambulante nos observaba con curiosidad e intriga.
Y así, sentimos que estábamos listas para encontrar la siguiente miga que la esclavitud había dejado en la ciudad.
Miga de la esclavitud #5
Bajamos la rampa y volvimos a pasar frente a lo que hoy conocemos como Santuario de San Pedro Clavel.
Entonces Yaz sintió que aquellas construcciones pedían ayuda. Como si sus muros conservaran una memoria viva.
Percibió, sin conocer aún la historia, la violencia del poder colonial y la fuerza aplastante de la evangelización. Durante siglos, aquel complejo, había sido el centro espiritual e intelectual de la Compañía de Jesús para el Caribe español: iglesia, colegio, formación religiosa y filosófica, residencia de sacerdotes y misioneros, y núcleo de administración y poder.
Quizás Yaz también percibió el eco del dolor.
El sufrimiento de los cuerpos de las personas esclavizadas recién desembarcadas, sus angustias y la fetidez de los moribundos.
Tal vez incluso el cansancio del propio Padre Pedro Clavel.
Su misión fue humanizar el cautiverio mediante la compasión, la entrega y la denuncia.
No desmontar el régimen brutal que lo hacía posible.
Contradicción.
Profundamente humano.
Entonces recordé la instrucción inicial que habíamos recibido de Shiva para venir a Cartagena de Indias:
Deberán ir a Cartagena de Indias a rediagramar para borrar y ascender de una vez, por todas, la rejilla, los parámetros, la vivencia de la esclavitud.
Porque la ascensión requiere de la libertad.
Libertad para ser quien realmente se es…
Entonces comprendí otra capa de esta “misión” (palabra que aun me resulta ajena, pero no encuentro otra que calze mejor): venimos a continuar el legado de San Pedro Clavel, a radicalizarlo. Disolver aquello que sostuvo la esclavitud.
Ya no se trata de aliviar el cautiverio, sino de abrir la posibilidad sustantiva de liberación.
De recordar, experimentar y encarnar la libertad.
Ser libre.
Me senté en el escalón de la entrada del Santuario mientras Yaz realizaba su trabajo energético en silencio.
Guiada por su Yo Superior, comenzó a transmutar memorias y creencias. Poco a poco activaba una frecuencia distinta: libertad y amor para el lugar y para todos los seres que, quizás, llevaban siglos atascados allí.
Mientras tanto, yo observaba la cotidianidad de la plaza: selfies, risas, vendedores ambulantes, turistas distraídos, el ir y venir despreocupado.
¿En qué momento se nos ocurrió que Cartagena de Indias era el escenario perfecto para el amor romántico?
Bodas. Lunas de miel. Aniversarios.
Y poco a poco empecé a comprender la profunda paradoja del lugar: un espacio construido en medio de uno de los sistemas más crueles de América colonial, y al mismo tiempo, convertido en símbolo de compasión y entrega radical.
Entonces una pregunta comenzó a abrirse dentro de mí, lentamente, como una grieta: ¿Cuál había sido el papel del catolicismo en el sostenimiento de la rejilla de la esclavitud?
Listo, dijo Yaz.
Y así continuamos nuestro trayecto buscando el Museo de la Inquisición, nuestra sexta miga.
Caminamos entre paredes que parecían respiran y bajo los emblemáticos balcones que nos observaban como ancianos guardianes que han visto desfilar esclavos, comerciantes, piratas, amantes y fantasmas.
Había algo ceremonial en el recorrido.
No estábamos simplemente avanzando por la ciudad, atravesábamos sus capas.
Un pastiche de memorias.
Tras la experiencia
El catalán Pedro Clavel nació en 1580. A sus 30 años llegó a Cartagena de Indias y durante más de 40 años cuidó a las personas esclavizadas.
Cuidó de sus almas: bautizándolas.
Cuidó de sus cuerpos: curando heridas, dándoles medicamentos y alimentando los cuerpos exhaustos y maltratados.
En honor al padre canonizado, Colombia conmemora cada nueve de septiembre el Día Nacional de los Derechos Humanos, y Cartagena sede de estos.
El sacerdote jesuita y misionero firmaba en latín: Petrus Claver, aethiopum semper servus: Pedro Clavel, esclavo para siempre de los africanos, una declaración que, en plena colonia, debía sonar escandalosa, hasta subversiva.
¿Cómo podría entonces este hombre haber pensado o sentido el pulso de la libertad, si había elegido convertirse en esclavo?
Esclavo de los esclavos.
Esclavo de la pobreza material.
Esclavo de la obediencia.
Esclavo de la castidad.
Esclavo voluntario de unos votos que prometían liberarlo del deseo, del apego y del poder mundano. Purgar sus pecados y asegurarle el regreso al Padre.
¿Era esclavo del servicio?, o más bien de la servidumbre?
¿Necesitaba acaso San Pedro Clavel a Cartagena de Indias y a sus esclavos para perseguir su propia libertad interior?
Y entonces, ¿era el sometimiento parte fundamental del amor?
Gracias a Yazmín Beltrán por haber redactado el resumen del trabajo que amorosamente hizo frente a la entrada principal del Santuario de San Pedro Clavel.
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