Cartagena del Cristo: Bastión de Amor

Dejando atrás la Plaza de San Pedro Clavel, avanzamos en línea recta por la Calle Landinal hasta llegar a la esquina del Parque de Bolívar: de todas las plazas de Cartagena, siempre ha sido mi favorita. 

Simón Bolívar, retrato al oleo de José Gil Castro (ca. 1823).

Hay algo en ese espacio que seduce antes de que uno pueda nombrarlo: su bóveda verde.

Me seduce sus árboles altos y frondosos que durante el día ofrecen una sombra fresca, casi sobrenatural, alivio del calor asfixiante del Caribe.  La fuente sostiene el rumor constante del agua. Y en el centro se levanta, imponente, la escultura ecuestre de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco.

Es una de las pocas esculturas públicas que, para mí, tiene verdadera elocuencia.


Tiene una fuerza difícil de explicar: una mezcla de visión, determinación y elegancia que logra transmitir la presencia del hombre que en estas tierras seguimos llamando El Libertador. Pues efecto fue una figura central para la independencia de lo que hoy conocemos como Venezuela, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Bolivia.

De pie en esa esquina, a nuestra izquierda el Banco de la República. A la derecha el Museo del Oro. Y en diagonal, el Palacio de la Inquisición: nuestra sexta y última miga de esclavitud, según Google.

Para entonces, habernos convertido en Hansel y Gretel de la esclavitud ya nos había llevado por otras cinco migas.  Habíamos comenzado en la Plaza de los Coches y el Portal de los Dulces, luego nos detuvimos en la Aduana, y más adelante exploramos la esquina jesuita de Cartagena: el baluarte de San Ignacio de Loyola y el Santuario de San Pedro Claver.

Esta era la última.

Tomamos entonces la Calle de la Inquisición bordeando el parque, y en la esquina apareció el Palacio: sede del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición desde el siglo 17, que hoy funciona como el Museo Histórico de Cartagena de Indias. El Tribunal tuvo jurisdicción sobre todo el virreinato de la Nueva Granada, Panamá y Venezuela.

Lo reconocí de inmediato.
Percibí su refinamiento.
Incluso su belleza. 

Muchos años atrás había entrado allí alguna tarde.
Recuerdo haber sentido el lugar tenebroso y húmedo.
Pensé que necesitaba a todo el equipo de exorcistas del Vaticano.

Entrada al Palacio de la Inquisición. Foto: José M. Arboleda en flickr

La puerta no es solo una puerta.
Es una declaración.
Una escultura dramática y vertical donde el ojo no puede sino mirar arriba: al escudo real y a la cruz.

Un gran portón de madera oscura decorado con taches heráldicos.
Las columnas y molduras lo enmarcan, labradas del «fino mármol cartagenero»: la piedra coralina.
Los balcones corridos.
La simetría calculada de las ventanas.

Todo diseñado para un único propósito: comunicar autoridad.
Para intimidar.

Residencia del poder.
Del poder religioso.
Del poder psicológico.
Del poder jurídico.

Allí se vigiló la ortodoxia y se impulsó la evangelización a la fuerza.
Allí se castigaron y disciplinaron los cuerpos con azote, con la hoguera, y el potro, la garucha y la toca.
Allí se persiguieron las ideas, la diferencia, las memorias de otras formas de ser, hacer y pensar.
Allí se refinó la humilación pública con sambenitos y autos de fe. 
Todo en el nombre de una fe que predicaba la misericordia.

Casi teatral, la fachada funciona como una máscara refinada de perversión.
La máscara de la “Santa Inquisición”.

Detrás de esa belleza, el aparato inquisitorial.
Detrás de la piedra coralina, material muerto y calcificado, las celdas, los instrumentos, los expedientes.

Y, sin embargo, esta vez no sentí miedo o rechazo.
No sentí nada.

Sola la vi.

Y automáticamente supe que debía subir los dos escalones que separaban la calle de la entrada principal, hasta quedar frente a la gran puerta cerrada y los leones inmóviles.

Yaz se hizo a mi derecha.

Sentí entonces cómo mis piernas se anclaban a la tierra.
Pesadas. Duras. Fuertes.

Cerré los ojos.

Sentí la presencia de las naves sobrevolando.
Sentí la presencia de Jesús detrás mío, a la derecha. 

Casi de manera inmediata comenzó la transmisión.

El Momento de la Ascensión

(0:12) Que todos los velos puestos, sean disipados, para que todos vean la verdad .
No se trata de culpables.
Fue una experiencia. Ya no necesitan más, seguir representándolo.
Víctima, victimario, victimario, víctima.
Fueron sólo roles. Roles que ahora son caducos.

Es hora de ascender. 

(1:06) Comando la ascensión de todos aquellos que aquí se encuentran y bajo su libre albedrío quieren y han tomado la decisión de ascender. 

(1:22) De liberar-se.
De liberar… a esta ciudad de piedra.
Es el momento.
Es el momento.

(2:28) Yo, Lady Nada, abriga a esta ciudad. Hoy y durante todo el 2026 hasta el 2027. En el momento del cambio del eclipse cederé el ser la guardiana de Cartagena.

Es, hermanos, el momento de la ascensión. Es una invitación, no una imposición.
El camino está libre.
Pueden aprovecharlo.

(3:25) Lleno con mi energía rubí… cada una de las piedras, de las hendiduras de este edificio, de las aceras de este hermoso parque que es hoy.

Lady Nada y el Sr. Sananda activan los códigos de la consciencia crística. También conocidos como Jesús Sananda y Miriam de Magdala. Imagen: Crystalwind.

(3:44) Y extiendo el oro rubí por las cañerías que son casi inexistentes y que no había en ese entonces.
Extiendo mi rayo rubí a las cuatro direcciones a partir de aquí. 
Las cuatro direcciones en movimiento forman esta hélice… de movimiento, de posibilidad… para cada uno de los seres vivientes, sintientes, hoy, ayer, mañana.

En el tiempo del no tiempo.
En mi corazón inmaculado queda este edificio.

(5:54) Liberen sus olfatos de la podredumbre que era esta ciudad.
Liberen sus olfatos del dolor nefasto de la tortura y el sufrimiento.
Liberen su olfato de los gritos tortuosos, rechinantes y de la risa a carcajadas de sus victimarios.

Y justo en ese momento se escucha una banda tocando, los tambores retumbando con ritmo y alegría.

(6:28) Y bailen. Ahora es hora de regocijo.
Bailen, bailen, bailen al son de esta canción.
Muevan entonces sus caderas.
Y entonces yo movi mis caderas.
Derecha, izquierda.
Izquierda, derecha.
Y otra vez.

Que la alegría vuelva a resurgir de manera profunda en sus corazones, no solo en la fiesta sino en la cotidianidad de su existencia. En la cotidianidad de su ser, de todas sus existencias.
Que la alegría y el gozo estén siempre presentes.
No es un objeto, es una experiencia.
No es una emoción, es un estado. 
Un estado.

(7:21) Estar.
Estar.
Estar. 

(7:30) Lady Nada les da su bendición.
El camino ya está abierto.

(9:01) Huelan.
Huelan.
Huelan la libertad.
Huelan la libertad.
Huelan.
Huelan la libertad.

La rejilla está siendo disuelta.
Disuelta.
Los poros están siendo más grandes.
El agua con sal purifica los poros de sus heridas.
La sal los limpia.

Entonces sentí a Jesús frente a mí, ligeramente a la derecha, y a María Magdalena a mi izquierda. De pronto apareció un gran tubo de luz, una columna luminosa que emergía de la tierra, intensamente viva. Fue imposible mirarla sin estremecerse.

Entonces Jesús y María Magdalena toman sus formas de dragón. Comienzan a elevarse del suelo en direcciones contrarias, generando un doble espiral alredor de aquella luz. 

Y mientas ascendían, el spin recalibraba la luz cambiaba.
Se volvía más blanca.
Más pura.
Más radiante.

Y seguían elevándose.
Más alto.
Tanto que los dejé de ver pero aún sentía la vibración de su movimiento.
Una especie de taladro lumíco que atravesaba dimensiones, rumbo a la totalidad de la totalidad.
Al Padre-Madre.
Al Creador – Creadora.

Y yo solo pude llorar ante una belleza tan inmensa, tan sagrada, aunque no tuviera ni idea de lo que estaba pasando, y menos de lo que iba a pasar,

Cartagena del Cristo

(11:04) Yo, Jesús, el Cristo, os bendigo.
(11:20) Que Cartagena de Indias sea de ahora en adelante… un foco de la conciencia crística.
(11:36) Cartagena del Cristo.
(11:49) Cartagena de la nueva conciencia.
(11:55) Cartagena libre.
Libre.
Libre.
Libre de memorias.
Libre de… creencias que los limitan la existencia.

(13:08) Sientan el viento del cambio, de la re-novación de espíritu, del ser… para que el hacer sea distinto.

(13:29) Cartagena del Cristo sos bendecida.
Que el amor florezca en esta ciudad, del Cristo. 

(14:32) Libre. Cartagena libre. 
(15:09) Libre. Cartagena.
Cartagena, libre.

Primer Bastión de Amor

(15:25) Cartagena integra toda su existencia… y la convierte de horizontalidad en verticalidad. Planto entonces el primer pilar… de paz, de conciencia… de amor. No amor de corazoncitos, sino el amor como frecuencia aquí, en este lugar donde hoy quedan unidos… las polaridades en uno.

Y mientras Yaz se percato que el vigilante del museo abrió por segunda vez la ventana desde el segundo piso, y nos observó y luego cerró la ventana.   También pasaron algunos curiosos.

(16:29) Que la experiencia de tan grande… división, se transforme, se transmute en unidad.

(17:21) Hecho está.

(17:25) Lo que ustedes llamarían una bandera ha sido ya puesta aquí.
Ondea. Ondea la nueva frecuencia.
La brisa la lleva… la cuida… y la ancla cada vez más.

Cartagena crística es mi deseo, mi comando. Les saluda Jesús el Cristo. También presente: María Magdalena.

(18:35) Que la unión de los dragones sea una unión en Cartagena.

(21:02) Integración.
Pura.
Horizontal, no.
Vertical.
Integración.
Ascensión.
Ascensión.
La puerta de América del Sur ha sido readquirido por este bastión de conciencia, personificado en la frecuencia del Cristo y de la Magdalena. 

Ya no hay vuelta atrás.
Gracias.
Gracias.

(22:09) El bastión del amor ha sido establecido aquí: en Cartagena del Cristo. Y ya no hay vuelta atrás.
Bastión de la conciencia.
Pilar lumínico de la nueva tierra.
Bastión sin guerra.
Bastión sin conflicto.
Bastión que trae el cielo a la tierra.

(24:28) El bastión requería de los testigos. Y ha habido testigos… no solo de tu compañera, sino… desde adentro del edificio, y quienes están detrás de ti.  Testigos son.

(25:18) Recalibrando la conexión de los bastiones de Cartagena. Nuevo patrón geométrico del amor… más alto, más puro, más lumínico… iridiscente. Palpitante… Cartagena del Cristo.

I bless, I bless I bless.
I bless, I bless with light.
I bless, I bless, I bless.
I bless, I bless with light.

Open your heart.
Open our hearts.

It’s time for ascension.
Its time of truth.

Our liberation, the highest you.
I bless, I bless, I bless.

Amen Ptah.

El vigilante que estaba en el segundo piso, bajó y con fuerza abrió la puerta y preguntó: Ustedes que es lo que hacen?

Yaz le explicó: Solo cantamos.

Y así como comenzó la transmisión, así también terminó.

Un gran silencio.
Lágrimas.
Muchas lágrimas.

Respiré.
Poco a poco volví a sentir mi cuerpo.
La última hora había permanecido inmovil al frente de esa gran puerta.

Percibí mis piernas fuertes, como dos columnas sosteniendome.
De repente sentí mucho calor.
Descubrí que tenía la frente húmeda y la espalda empapada de sudor.

Miré a Yaz.

Y solo nos salian lágrimas.

Nos abrazamos.

Por que  querida compañera de viaje, querido lector, ¿qué más podríamos hacer después de semejante experiencia?

Nos dimos media vuelta y caminamos hacia el parque y de frente estaba el Libertador:

Bolívar triunfante. Escultura en bronce instalada en 1904, realizada por Eloy Palacios. Foto: El Universal.

La Plaza estaba vacía, algo poco común para ese lugar y aquella hora.

Caminé lentamente hacia Bolívar, y a la altura de mis ojos, encontré encrustada en el pedestal de marmol, la siguiente inscripción:

Foto: Carolina Trevisi

Y por supuesto Bolívar no está hablando de libertad interior, ni de emancipación espiritual, ni de una conciencia planetaria. Está hablando de guerra, independencia y unidad política continental.

Pero después de la experiencia de hoy, ofresco una re-lectura.

Y si… la América entera también estaba esperando la libertad.
No solo Cartagena.
Todo el continente.

Y ya no se trata de liberarse del dominio imperial español y fundar repúblicas soberanas. Pero si se sigue tratando de la soberanía del ser.

¿Tenemos derechos pero somos realmente libres?

Los impertérritos ya no son los soldados.
Somos todos. Y todas.
Somos tu.
Soy yo.

Y al igual que los soldados.
Esta es una misión sagrada.
Consagrada.

«La unión» ya no se trata de una gran confederación americana, sino de la Nueva Tierra. 

La frase me resultó igual, o inclusive más épica.
Lo épico de la vida cotidianidad. 

Alcé mi mirada para ver la sobria elegancia y fuerza del Libertador en su caballo.

Foto: Carolina Trevisi

Mientras contemplaba la belleza monumental de la escultura, se acercó un hombre.  Me dijo que me había visto al frente del Palacio de la Inquisición, y me preguntó que estaba haciendo.

Imagínen, queridos lectores y compañeras de viaje, qué podía decirle que hiciera justicia a la experiencia a lo que habíamos vivido.

Le dije que veníamos siguiendo señales. Migas.
Que estábamos siendo guiadas hacia los lugares que habían sido importantes durante la colonia y la esclavitud.
Resumí brevemente nuestra travesia.

Él me escuchó en silencio y luego dijo: Fíjese usted que hoy venía en un taxi y el conductor me comentó que las bóvedas era un sitio terrible… ¿Ya fueron allá?

Ese lugar no había salido en Google. Pero entendí inmediatamente que aquel hombre acababa de entregarnos otra miga en el camino de la esclavitud.

Otro llamado.

Le di las gracias.

Y antes de despedirnos, lo invité a recordar que, cada vez que pensara o pronunciara el nombre de la ciudad, que era Cartagena del Cristo: el primer bastión de amor en el continente suramericano.

 

Al salir de la plaza con Yaz, sentí que mi cuerpo quería algo simple y cálido: cacaito en agua. 

Gracias Yazmín Beltrán por haber grabado esta transmisión, de lo contrario solo tendríamos las impresiones de la memoria, que poco fieles son.  Y sobretodo por haber sido la testigo principal, por haber confiado, por haberle hecho señas a todos los que se asomaron para poder terminar la transmisión. También por ayudarme a identificar algunas palabras del audio que no logré descrifrar. 

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