50 Cúpulas

 

En el barrio de Getsemaní, llegamos a la casita azul del restaurante Celele. Contra toda lógica y todo pronóstico, no solo alcanzamos nuestra reserva, sino que llegamos antes. Francamente, increíble.

Nuestra mesa nos esperaba.

Después de recorrer la carta nos decidimos por el menú de pasos: una travesía curada para compartir entre dos.

Y entonces comenzó el ritual.

Parsimonioso.

Celele. Históricamente, Getsemaní fue un barrio habitado por artesanos, marineros, personas negras libres y comunidades mestizas que sostenían buena parte de la vida cotidiana, mientras la élite colonial concentraba el poder dentro del centro amurallado. Y sería precisamente desde estas calles que también surgirían movimientos populares vinculados a la independencia de Cartagena.Foto: Forbes México.

Un llamado al presente.
Un retorno a los sentidos.

Durante tres horas nos entregamos a una alquimia exquisita de sabores, aromas, colores y texturas.

Gallina criolla + guayaba agria + bananos + coco + habichuelas largas. Foto: Carolina Trevisi.

Nada era solamente comida.
Todo era una invitación.

Imaginación.
Seducción.

Fue profundamente mágico.

Cada nuevo paso abría nuevos matices de conversación con la tierra, el fuego, el agua y quienes habitaron el Caribe mucho antes que existirán los mapas.

Y así, lentamente nos comimos el territorio a bocados.

Una ceremonia de asombro.
Disfrute infinito.

Ya al final de aquella experiencia retomamos nuestra tarea de convertirnos en Hansel y Gretel: caminar siguiendo las migas que había dejado la esclavitud en La Heroica.

Pero ni Yaz ni yo sabíamos hacia dónde debíamos ir. Solo teníamos un punto claro dado por el Comando Nuclear: el Palacio de la Inquisición, que hoy funciona como museo histórico de la ciudad.

La Ciudad Vieja no es enorme en extensión, pero concentra siglos enteros en un espacio relativamente pequeño. Recorrer sus plazas, patios, iglesias, callejones, murallas y baluartes podría tomar días.

Y nosotras solo teníamos una noche.

En el patillazo con infusión de bastón del emperador apareció un corazón. Y de pronto regresé a mi infancia, al jardín poblado por aquellas flores. Nunca se me había ocurrido que algo tan hermoso pudiera también comerse. Foto: Carolina Trevisi.
Fotos: Carolina Trevisi.

Pero si nosotras no sabíamos, quizás Google sí.

Así que, todavía bajo el hechizo de nuestro almuerzo y sentadas tomándonos un delicioso café San Alberto, hice la pregunta.

Nosotras en nuestra experiencia alquímica. Gracias a todo el equipo de Celele!

La respuesta fue:

  • Plaza de los Coches
  • Portal de los Dulces
  • Plaza de la Aduana
  • Baluarte de San Ignacio de Loyola
  • Convento e Iglesia de San Pedro Claver
  • Palacio de la Inquisición

Y con esas migas, Yaz y yo nos convertimos en Hansel y Gretel.

Salimos de Celele todavía suspendidas en una especie de hechizo.

Los últimos rayos del sol caían sobre Getsemaní.

La humedad tibia envolvía las calles.
El aire salado del Caribe llegaba por ráfagas intermitentes.
La brisa refrescaba nuestro caminar.

Mirábamos los colores descascarados de las fachadas.
Escuchábamos el jolgorio de risas, música y turistas.

Buscábamos la Plaza de los Coches, sin entender realmente qué era lo que buscábamos.

Miga de la esclavitud#1: Plaza de los Coches

Sobre las seis y media de la tarde apareció la icónica Torre del Reloj. Debajo de ella, la entrada peatonal más recta entre Getsemani y la Ciudad Vieja. 
La gran boca de la ciudad amurallada.

Durante siglos, por allí cruzaron mercancías, soldados, hambre, oro y cadenas.
Fue un escenario vigilancia permanente.
De control.

La Torre del Reloj vista desde fuera de la Ciudad Vieja. Nació como parte de los intentos de modernizar la imagen de Cartagena de Indias después de la independencia. Antes de ser torre fue puerta: la Puerta del Puente que conectaba la ciudad amurallada con el barrio isla de Getsemaní mediante un puente levadizo que cruzaba el antiguo caño de San Anastasio. Esta torre actuó como un portal que separó el exterior del interior, lo profano delo protegido, y el caos del puerto del orden imperial.Foto: Carolina Trevisi

Hoy, el lugar que alguna vez fue frontera y control se renombró como Plaza de la Paz.

Niños jugando.
Padres distraídos observando.
Indígenas vendiendo sus mochilas tejidas.
Vendedores ambulantes.
Personal de seguridad.
Transeúntes entrando y saliendo sin sospechar cuántas capas de historia pisan.

Y entonces caminamos a través del arco iluminado.
Entramos al casco más antiguo de Cartagena.

Del otro lado, nos recibió la espalda de la escultura de Pedro de Heredia, el madrileño fundador y primer gobernador de la ciudad. Detrás de él aparecía el Portal de los Dulces.

Un guía turístico se nos acercó apenas cruzamos la muralla. 
¿De dónde nos visitan? ¿Quieren un tour por la Ciudad Vieja?
De Bogotá, respondió Yaz.
Entonces pregunté: Señor… ¿y en dónde queda la Plaza de los Coches?
Él sonrió.
Doña… es aquí.
Y no pudimos sino reírnos.

Había pasado cientos de veces por ese lugar sin saber que se llamaba así.

Plaza de los Coches: al interior de la muralla.
Plaza La Paz: fuera de la muralla.

La Plaza de los Coches ha cambiado de nombre como quien cambia de vestido según la ocasión de uso. Fue primero Plaza del Juez, porque allí vivió el juez Juan de Vadillo. Después se convirtió en Plaza de la Yerba, cuando el lugar comenzó a funcionar como mercado de forraje y alimentos para animales. Más tarde recibió uno de sus nombres más brutales: Plaza del Esclavo. Allí se realizaba la compraventa de africanos esclavizados recién desembarcados en Cartagena. Con el tiempo pasó a llamarse Plaza de los Mercaderes, cuando comerciantes y negocios ocuparon sus corredores y portales. Y finalmente, ya en el siglo XX, adoptó el nombre con el que hoy la conocemos: Plaza de los Coches, cuando se permitió el estacionamiento de coches de caballos de alquiler. Foto: FamilyFlyFirst

Y ahí comenzó a hacerse evidente algo: en Cartagena buscar un lugar nunca significa solamente encontrarlo.
Significa atravesar capas de nombres.
Capas de memoria.
Capas de poder.

Migas.
Más migas.

Miga de la esclavitud #2: Portal de los Dulces

Atravesamos la Plaza de los Coches hacia la segunda miga entregada por Google: el Portal de los Dulces. Una galería de techos altos y arcos simétricos que protege del sol y de la lluvia a las artesanas del dulce: palenqueras ofreciendo sus confites tradicionales bajo la sombra fresca del corredor.  

Cocadas.
Enyucados.
Alegrías de coco y ajonjolí.
Bolas de tamarindo.

Foto: Carolina Trevisi

Las bandejas de dulces parecían mosaicos perfectamente ordenados. ¿Cómo resistían el calor espeso de Cartagena de Indias bajo capas de plástico transparente?

Siempre me habían fascinado.
Y, sin embargo, nunca los había probado.

Foto: Carolina Trevisi

Y mientras observaba aquel paisaje dulce, comenzó a revelarse otra capa del lugar. Nunca había imaginado que ese corredor estuviera tan profundamente conectado con la historia de la esclavitud y el comercio colonial.

Porque en Cartagena incluso el azúcar tiene memoria.
Desde sus bellos arcos se observó la circulación de mercancías: oro, esclavos, alimentos. Y hoy las descendientes de muchos de esos sueños e historias sostienen el mismo corredor a través de la cocina.

La escena era festiva.
Música caribe a todo dar.
Turistas posando para sus selfies y TicToc.
Colores intensos.
Mucha piel.
Movimiento.

Pero debajo de esa alegría habita otra vibración.
Silenciosa.
El dulce pegamento entre la herida, la estética y el sabor.

Por eso el Portal de los Dulces no es solamente un corredor turístico. Es, al mismo tiempo:
mercado
teatro,
memoria,
celebración popular,
y memoria viva de Cartagena de Indias.

Miga de la esclavitud #3: Plaza de la Aduana

Seguimos caminando y preguntamos a un transeúnte dónde quedaba la Plaza de la Aduana.

Más adelante, a la izquierda. Ahí al frente de la estatua (refiriéndose a la escultura de Cristobal Colón).

Y así llegamos.

La plaza se abrió inmensa frente a nosotras.
Ya casi no quedaban turistas interesados ni en el edificio ni en la historia que contenía. La noche comenzaba a tragarse lentamente el calor del día.

Por un momento no supimos dónde detenernos.

Entonces, casi sin pensarlo, me paré al frente de la entrada principal de la antigua Real Aduana.
Yaz se ubicó a mi derecha.

Fue un acto de presencia.
Un acto desafiante.

Al fondo, a la derecha, alcanzaba a ver el guarda reclinado en su taburete.
A nuestras espaldas sonaba salsa.

Sentí mis piernas volverse densas, como dos columnas.
Pesadas.
Fuertes.
Firmes.

Pecho abierto.
Expandido.

Mis manos se acomodaron en mudras que, desde hace ya un rato, toman posesión.

Inmóvil, en presencial plena, sentí el calor acumulándose.
Era fuego.
Y del fuego emanó agua.
Sudor en al frente.
Chorros descendiendo por la espalda.

Permanecí inmóvil, anclada a ese lugar.
Y esa inmovilidad causó revuelo al interior del edificio.
Cómo si la quietud hubiera sido la forma de tocar algo.

Percibí presencias escondidas en las esquinas, en los corredores, en los recovecos invisibles de la antigua edificio.
Seres atravesados por el miedo.

Un miedo antiguo.
Compacto.
Silencioso.
Oscuro.

Y, aun así, poco a poco, esas presencias parecían asomarse.
Como si quisieran ver quién había tenido la osadía de detenerse frente a la puerta y permanecer allí.

Quién las estaba recordando, sin conocerlas.
Quien las estaba reconociendo, sin conocer todo el contexto, las circunstancias, la dimensión de lo ocurrido entre esos muros.
Quien, desde la intuición, el servicio y la ignorancia, se mantenía firme frente a aquel agujero de miedo, olvido, sufrimiento y dolor.

Sin juicio.
Sintiendo.
Solo presencia.

Y después de unos minutos de silencio, inició la transmisión con la mención de un portal el cual estaba resguardado por Lady Nada.  Les comparto la transcripción de lo que Yaz alcanzó a grabar:


Tubo de luz

(0:12) El portal permanecerá abierto 24 horas. Se cerrará de manera automática. 
Está resguardado… por cincuenta cúpulas, una encima de otra.

(0:33) No teman el cambio.
El cambio es ya. 
Este portal se cerrará automáticamente en 24 horas.

Y entonces vi cómo se comenzó a formar un gran tubo de luz iridiscente desde el interior del edificio que ascendía hacia el cielo. La luz prístina contrastaba con la profunda y densa oscuridad.

Como si algo hubiera abierto un ducto, un conducto entre dos mundos.

Y entonces ocurrió.

Los más valientes comenzaron a salir de las esquinas, de los corredores, de los recovecos donde habían permanecido ocultos durante siglos.
Primero con cautela.
Después con urgencia.

Ingresaban en aquella columna luminosa y ascendían a velocidades imposibles, succionados hacia arriba como chispas liberadas de un incendio antiguo.

Y al mismo tiempo podía sentir el miedo de quienes permanecían inmóviles.
Petrificados por el terror.
Incrédulos de lo que estaba pasando.

Y también sentí angustia porque sentía que algo irrepetible estaba ocurriendo frente a ellos.
Una apertura.
Una posibilidad de salida.
Y, aun así, muchos no lograban moverse.
Como si después de tanto tiempo, incluso la libertad resultara aterradora.

(0:49) Salgan, salgan, salgan. Dirigiéndose a los seres que estaban en ese lugar.
Tomen la decisión de ascender a la luz. 
Asciendan, asciendan, asciendan.

(1:08) Las 50 cúpulas se desintegrarán, des-in-te-gra-rán en menos de 24 horas. San Miguel Arcángel guarda el proceso.

 

Intentos de sujeción

Mientras aquella potente actividad ocurría dentro del edificio, algo comenzó a manifestarse también en mi cuerpo.

Primero apareció el frío.
Un frío leve, extraño, completamente ajeno al calor húmedo de Cartagena.

Después llegó el peso.
Lo sentí alrededor de los tobillos.
En las muñecas.
Como si me estuvieran poniendo antiguos grilletes invisibles.

Y luego percibí la presión en el cuello.  

Pesada.
Silenciosa.

Por un instante sentí, quizás recordé, el eco físico del control, del encierro, de la inmovilidad.

(1:38) No permito, tolero, acepto ningún tipo de ataduras.
Ningún tipo de ataduras.
No las acepto. 
Yo no soy esclava.
Ustedes tampoco. 
No acepto, no acepto, no acepto.  

Era tan fuerte el intento de inmovilizarme, de arrastrarme hacia aquella lógica de sometimiento y esclavitud, que recordé la promesa de los dragones negros: permanecer siempre disponibles, siempre atentos a mi protección.

Y bastó apenas el pensamiento.

De inmediato comenzaron a aparecer. Cientos de dragones negros sobrevolaron alrededor del tubo luminoso en medio de la noche cartagenera.

Inmensos.
Vigilantes.
Epicos.

Dragones presentes.

No acepto. 
Nadie es propiedad de nadie. 
Nadie es propiedad de nadie.

No acepto. 
No acepto ninguna atadura. 
No la acepto.

La libertad es libre. 

(3:16) Dragones. dragones negros, hacer su labor. 

(3:48) Yo no soy ese cuerpo.
No me pueden encarcelar. 
No me pueden poner esposas. 
No me pueden poner esposas en mis pies.

(4:00) Yo no soy este cuerpo. 
No me puedes encarcelar. 
Aquí ni en ningún lado.
No lo puedes hacer. 

(4:11) No está en tu comando. 

(4:28) La rejilla que los hizo estar aquí está disolviéndose.

(4:34) El portal, hermanos, está abierto… para ustedes. En amor y servicio, les saludo. Creo estas fueron las palabras de Jesús.

(4:55 – 6:57) Yaz y yo comenzamos a cantar el mantra de bendición compuesto por Michelle Acosta Valencia:

I bless, I bless, I bless (Yo bendigo, yo bendigo, yo bendigo)
I bless, I bless with light
(Yo bendigo, yo bendigo con luz)
I bless, I bless with love
(Yo bendigo, yo bendigo con amor)
Open your hearts
(Abre tu corazón)
Open my heart
(Abre mi corazón)
It’s time for ascension
(Es hora de la ascensión
It’s time of truth (Es el momento de la verdad)
Your liberation, the highest you.
(Tu liberación, la versión más elevada de ti) 
Yo bendigo, yo bendigo, yo bendigo.

Amen Ptah

Pasaron segundos que sentí como minutos.
Respiré.
Regresé a la frecuencia de mi ser físico.

Y con ese derroche de alto voltaje cerramos el recorrido de aquel rastro, de aquella miga. La transmisión en el antiguo edificio donde operó la Real Aduana parecía haber concluido.

Respiramos.
Volvimos lentamente al ruido de la ciudad, a la música, y al movimiento nocturno de Cartagena.

Y entonces con la ayuda de Google Maps continuamos nuestro camino hacia la siguiente miga: el Baluarte de San Ignacio de Loyola.

En la próxima entrada compartiré la experiencia de las siguientes dos migas.


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