Tras Diana

Camino hacia Salin-de-Giraud, al sur de Lyon, decidimos pasar por Nîmes, atraídas por un eco antiguo emitido desde el Jardín de la Fuente (Jardin de la Fontaine).  En su corazón el Templo de Diana se alza junto a un manantial que ha sido venerado desde la antiguedad.

Dicen que cuatro fuentes alimentan este manantial sagrado. De sus aguas nació el culto al dios Nemoz, quien se ofrecía como medicina y gran guardián. Santuario, fuente, inspiración y respiración.

Cuando llegaron los Romanos, Nemoz se convirtió en Nemausus, y con el tiempo, en Nîmes. Curiosamente, Nemausus es masculino en plural, pero femenino en singular, como si este lugar encarnara la integración entre lo masculino y lo femenino.

Las aguas mantuvieron su sacralidad.  Roma solo las adornó con escalinatas, un pórtico y un nimfeo.

El Templo de Diana sigue siendo un enigma. Su arquitectura es revolucionaria para su época pues aplicó técnicas avanzadas de bóvedas y arcos e introdujo una planta tripartita inédita en estructuras religiosas. Nadie sabe con certeza su función original, si fue un santuario, biblioteca o algo más.

Mientras escribo esto en el carro, siento la certeza de que venimos a conectar con lo invisible, con lo primordial de este lugar.

Y entonces pienso en un triángulo:

Nîmes (Francia) – Alentejo (Portugal) – Mérida (España).

Tres templos llamados de Diana.

Tres templos del siglo I.
Tres templos en el corazón del Foro Romano.

Y ninguno, curiosamente, dedicado a ella.

Tres templos sin diosa, donde la diosa aún respira.

Quizás, si uno escucha en el silencio, aún pueda oír el mismo pulso cósmico que un día sembró sus cimientos.

 

Y entonces llegamos. Caminamos hacia la entrada, justo a tiempo para ver cómo la policía cerraba el parque.

Decidimos que volveríamos mañana antes del itinerario planeado.

Pero antes de irnos, percibí la dulzura del agua que corría por el canal. Una bienvenida.

Y entonces cantamos bendiciones de luz y amor, y escuchamos cómo los peces y algo más, respondieron con pequeños estallidos de sonido justo al frente de nosotras.

Esa noche continuamos hacia Salin-de-Giraud, con el corazón contento y la nítida sensación de que el viaje había comenzado mucho antes de llegar.


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