El itinerario ya casi estaba armado:
Bogotá —] Estambul —] Bosnia y Herzegovina —] Estambul —] Japón.
Tres destinos que se habían acomodado en el mapa con la naturalidad de lo que está destinado a ser. Pero aún tenía una duda que no terminaba de resolverse:¿Albania o Rumania?
Cuando la lógica no encuentra la respuesta, hay que preguntarle a quien ve más lejos. Así que hice la consulta.
Y para mi sorpresa, adicional a recibir las pautas, quien acudió al llamado fue el tierno Dragón Azul del Cenote Dos Ojos, sobreviviente y habitante de las aguas cristalinas en Tulum, en México.
Su voz emergió como emergen las burbujas desde el fondo de un cenote: lenta, antigua, inconfundible:
(33:42) Yo soy el Dragón Azul.
Yo soy el Dragón Azul. Yo… os pido más, más. Más, más, más mermelada.
Y entonces, en lugar de mapas o rutas, pidió algo que ya había pedido antes en el Hospital de la Tropa, en la Fortaleza de San Felipe de Barajas en Cartagena del Cristo:
Mermelada física, etérica, mermelada de carcajadas, mermelada de alegría.
Alegría, gozo, alegría.
Mermelada.
No oro.
No ofrendas solemnes.
No rituales complicados.
Mermelada de risas, dulzura condensada de la vida misma.
La receta de mermelada del Dragón Azul la encuentrán aquí.
Les invito queridos lectores a que endulcemos el mundo, que la alegría sea espesa y abundante como fruta cocida a fuego lento.
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