Tordecilla: Geometria del Recuerdo

Todavía procesando la magia que experimentamos en el Jardín Botánico “Guillermo Piñeres”, Yaz y yo nos subimos al Uber que nos esperaba.  No nos acabábamos de acomodar, cuando el conductor dijo: “Aquí es: Los Lagos, Centro Recreacional”.

Giró a la izquierda.
Parqueó.
Nosotras bajamos.
Caminamos hacia la casa y fuimos recibidas con amabilidad.

Después del saludo, expresé nuestro deseo: Venimos a conocer el ojo de agua.

Un hombre joven intervino. Nos explicó que el nacedero estaba en una propiedad privada y que el dueño no se encontraba.

Entonces Yaz, serena pero firme, aclaró todo con pocas palabras: «Venimos del Jardín Botánico. Santiago Madriñán nos habló de otro ojo de agua aquí. Solo queremos conocerlo».

Foto: Carolina Trevisi

Entonces, algo cambió en él.
Nos dijo: bueno… yo las llevo. Pero hay que caminar bastante.

Nos miramos con Yaz y casi al unísono dijimos: no hay problema, vamos.  

Mi única preocupación era el tiempo pues necesitabamos ir hasta Cartagena, entrar al Castillo de San Felipe, y estar a las tres en punto en el restaurante Celele.

Acallé mi mente diciendome: esto no es una coincidencia. Ya estamos aquí, y estamos haciendo lo que nos solicitaron: encontrar las aguas que no han visto la luz y que nutren a la Ciénaga de La Virgen.

"Casa Tordecilla Lagos". Foto: Carolina Trevisi

Comenzamos a caminar hacia la parte trasera de la propiedad.

Pasamos por una casa grande, y Ramón nos comentó que ha sido usada como refugio colonial frente al clima hostil de Cartagena, y hoy, está disponible en Airbnb.

La historia

Y nos adentramos en un sendero marcado por palmeras. Y bajo su frescura, fue ahí que Ramón empezó a contar la historia, de aquellas que pareciera solo suceden en Macondo.

Todo comenzó con la dueña anterior de esas tierras.

Hace cuarenta, quizás cincuenta años, la entonces dueña le encargó al padre de Ramón unas construcciones.

Cuando llegó el momento del pago, ella fue directa: sus hijos no querían ese terreno. No tenían intención de cuidarlo, de habitarlo, de hacerlo suyo. Y en cambio, el papá de Ramón sí quería una tierra, y llegó a una acuerdo con ella.

La señora le fue pagando, poco a poco. Y la moneda de cambio fue el terreno mismo. Así fue como esa tierra pasó de manos. 

Y así como Doña María donó su Hacienda Matute para crear el Jardín Botánico “Enrique Piñeres”, motivada por el amor a él, su tierra y al “monte”, el papá de Ramón incluyó en la escritura una cláusula: la propiedad no se puede vender, solo preservar.

Foto: Carolina Trevisi
El encuentro

Al fondo a la derecha, pasando la avenida de las palmeras, Ramón se detuvo y nos señaló el lugar.  Bajé la mirada, esperando encontrar agua.

Pero no.
Mis ojos se encontraron con una robusta placa metálica verde:

Ojo de agua Tordesilla en Turbaco, departamento de Bolívar, Colombia. Foto: Carolina Trevisi

¿Ramón… qué es esto?, pregunté.

Se cubrió el ojo de agua para protegerlo. Yo nunca lo he visto sin eso.

¿Es decir que lleva más de 30 años cubierto?

Si. Yo siempre lo he visto así.

Me quedé en silencio un momento.

Sentí algo profundamente misterioso en un manantial que brota del suelo, que lleva treinta años latiendo en la oscuridad, sin que ningún rayo de sol lo haya tocado.

Un ojo cerrado.
Un pulso invisible de vida.

Entonces pedimos permiso para cantar. Y bendecimos esa agua con luz, con amor y con la intención de ascensión.

Allí, de pie, mirando esa lámina verde, sentí una inmensa gratitud. 

Ramón Durán y su fiel compañera. Foto: Carolina Trevisi.

Querido lector, querida compañera de viaje: lo que había comenzado como una misión (buscar el origen de las aguas de la Ciénaga La Virgen, tal como el Comando Solar nos había instruido dieciocho días atrás), se había convertido en algo mucho más grande de lo que imaginamos.

No solo encontramos un nacedero.
Ubicamos tres.
Tres orígenes en una sola mañana que parecía haberse dilatado más allá del tiempo ordinario.

Y todo ocurrió de la manera más fluida.
Sin forzar.
Sin planear.

Como el agua misma, que no pregunta hacia dónde va, simplemente fluye y siempre llega.

Eso es lo que más me asombra: la perfección que no diseñamos.

Gracias Ramón! Foto: Recepcionista.

Dimos las gracias.

Comenzamos a bajar hacia la entrada.

Y nuestra visita, breve y sustanciosa, terminó con una limonada fría y el sol de Cartagena esperándonos afuera.

Y así emprendimos nuestro camino hacia el Castillo de San Felipe de Barajas.

En la próxima entrada les compartiré la experiencia durante nuestro segundo día consecutivo en el Castillo.

Tras la experiencia: Nuevos hallazgos

Hoy, Turbaco pasa desapercibida para la mayoría de los viajeros que desembarcan en Cartagena de Indias, seducidos por sus murallas y el fulgor caribeño. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que este territorio era el destino.

Les comparto lo que aprendí de este lugar singular: un territorio suspendido entre el bosque y el agua, al sureste de Cartagena, que guarda la otra historia de la ciudad amurallada.

El oasis: De Yurmaco a Turbaco

Las colinas de Turbaco se elevan entre 180 y 200 metros sobre el nivel del mar, lo suficiente para convocar brisas frescas incluso en los días más abrasadores del verano tropical. Pero el verdadero secreto está bajo los pies: corrientes silenciosas recorren el subsuelo desde tiempos inmemoriales, convirtiendo este territorio en una máquina viva, en una reserva de agua dulce y cristalina que no ha dejado de fluir en al menos seis siglos.

No es extraño, entonces, que distintos pueblos indígenas hayan elegido este lugar mucho antes de que los españoles supieran de su existencia. Aquí había lo que la árida y hostil llanura costera de Cartagena negaba: agua abundante, tierra fértil, y un punto de encuentro natural entre la costa y el interior. Un oasis verde en medio del calor y la sal.

Para el siglo 16, este territorio tenía nombre y señor: el cacique Yurbaco. Su nombre sobrevivió a la conquista, aunque apenas. La colonización española lo fue moldeando, hasta convertirlo en la palabra que hoy conocemos: Turbaco. Una transformación fonética que guarda, como tantas otras, una historia de encuentro, de imposición, y de resistencia silenciosa.

Resistencia y conquista

Los yurbacos no eran un pueblo dócil ni resignado.
Eran guerreros.
Expertos, temidos, organizados.

Y entre sus filas combatían también las guerreras célibes, según describen algunos cronistas, dedicadas a la defensa de su pueblo. Una imagen y costumbre que desafió los moldes de la época colonial y que habla de una sociedad con sus propios códigos de honor.

Su fama llegó tan lejos.
Tan lejos como la corte española.
Tanto que hasta el rey Carlos I de España conocía de su ferocidad.  En junio de 1523, el monarca los nombró como “los indios Caribe flecheros… Disque es la gente más feroz de toda la tierra firme”[1]. Esto habla sobre la magnitud de su resistencia.

La Corona española tardó casi dos décadas en doblegarlos y tomar el control del territorio. Le costó vidas, recursos, campañas fallidas. A los yurbacos les costó algo más difícil de reponer: su autonomía, su identidad, su forma de habitar el mundo.

Sobre el ordenamiento propio se instaló otro: la encomienda, la evangelización, la tributación. Tres mecanismos distintos para una misma operación: disciplinar los cuerpos, reorganizar el espacio, reescribir los vínculos entre los seres humanos y con la tierra.

Su nombre cambió.
Las colinas permanecieron.
Y algo, bajo todo eso, siguió fluyendo.

[1] Frede, Juan. 1955. Documentos Inéditos para la Historia de Colombia. Tomo I. Bogotá: Academia Colombiana de Historia. Pág. 73.

Bisagra climática y militar

Durante la colonia Cartagena de Indias hervía. Aun lo hace, pero hoy tenemos electricidad, ventiladores y aire acondicionado.

La ciudad amurallada era un privilegio con precio: el calor pegajoso, el aire cargado, las epidemias que se instalaban en los cuerpos como huéspedes que no pedían permiso. Quien podía, buscaba salida.
Y esa salida, casi siempre, tenía el mismo nombre: Turbaco.

Sus bosques, su agua, su aire más respirable la convirtieron en refugio para las élites coloniales, para militares en tránsito, y para hombres de ciencia con cuadernos llenos de anotaciones. Pero su valor no era solo climático. Era, también, estratégico.

Situada entre el puerto imperial y el interior del continente, Turbaco operaba como una bisagra invisible: movilizaba tropas, controlaba rutas terrestres, abastecía a la ciudad amurallada en tiempos de conflicto. Y desde sus colinas, quien mirara con atención podía observar la bahía entera.

En abril de 1801, Alexander von Humboldt llegó aquí durante su expedición por el Virreinato de la Nueva Granada. Durante un mes estudió la flora, la fauna, la temperatura, la humedad, el relieve, la composición del suelo.

Midió.
Clasificó.
Nombró.
Comisionó grabados.

Volcanes de Turbaco. Dibujo de A. Neuville.

Los grabados hacen parte de su obra “Viajes a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente” publicado en 1826 (Voyage aux Régions Equinoxiales du Nouveau Continent). Su gran fascinación fueron los volcanes de lodo y los gases que brotaban de la tierra como susurros.

Una década después, Simón Bolívar encontraría en Turbaco algo distinto: no un laboratorio vivo, sino un refugio. En los momentos más críticos de las guerras de independencia (1812 y 1815) coordinó desde allí operaciones militares junto a las familias criollas que apoyaban la causa. Familias que financiaron patriotas, facilitaron rutas, abastecieron tropas y abrieron sus haciendas para reuniones que no podían ocurrir a la vista de todos.

Las haciendas y los caminos de Turbaco se volvieron, entonces, corredores silenciosos de una revolución en marcha.
Rutas hacia la libertad.

Décadas más tarde, otro hombre de poder encontraría en Turbaco su amparo.  Entre 1853 y 1855, el dictador mexicano Antonio López de Santa Anna pasó su exilio político en esas tierras. Para entonces, Turbaco ya era algo más que un pueblo fresco y bien ubicado: era un enclave tropical aristocrático, discreto y fértil, aislado del mundo, pero perfectamente conectado con él.

Hacienda Tordecilla

Hay lugares que la historia atraviesa en direcciones contrarias, dejando memorias que no se reconcilian, pero que tampoco se borran. 

La Hacienda Tordecilla es uno de esos lugares.

Entre todos los territorios de Turbaco, uno aparece constantemente vinculado al agua, la estrategia militar y la historia de independencia: la Hacienda Tordecilla. Su nombre proviene de uno de sus propietarios: Miguel de Tordecilla y Camino, vicegobernador y gobernador de Cartagena en el siglo 18.

Para entender lo que ocurrió allí, hay que entender lo que estaba ocurriendo afuera.

Aunque el Acta de Independencia de Santafé fue firmada el 20 de julio de 1810, la ruptura con España no fue un evento único ni simultáneo en el territorio que más tarde se convertiría en la República de Colombia. Cada provincia vivió su propio proceso y transición.

En Cartagena, la declaración formal y absoluta de independencia de España se proclamó el 11 de noviembre de 1811, su grito resonó más allá de sus murallas y encendió otros movimientos en el Caribe y Suramérica.

Cartagena no era solo un referente revolucionario.
Era un símbolo.
Un bastión republicano donde circulaban ideas ilustradas sobre libertad, ciudadanía y autonomía. 

“Reyerta del 20 de julio de 1810” cuadro al óleo de Pedro Alcántara Quijano, parte de la colección del Museo de la Independencia Casa del Florero en Bogotá, Colombia. En esta fecha Colombia conmemora su independia.

Por primera vez los distintos sectores (criollos, comerciantes, artesanos, afrodescendientes libres, personas esclavizadas) comenzaron a asociar la ruptura con España con la posibilidad de una libertad más amplia, más profunda, más radical. Una verdadera transformación social.

Entre 1815 y 1816, la Corona española emprendió la reconquista de territorios “insurgentes” de América, especialmente Venezuela y la Nueva Granada. Para esto designó al General Pablo Morillo quien lideró la gran campaña militar «Expedición Pacificadora”, que de pacífica solo tuvo el nombre. Su avance dejó atrás caos y terror. 

En abril de 1815 comenzaron a llegar noticias de la expedición de esclavitud a Cartagena de Indias. La ciudad comenzó su preparación para el asedio.

Durante mayo y julio, Morillo tomó control de las comunicaciones fluviales y terrestres que conectaban a Cartagena con el interior.

Finalmente, en agosto comenzó el gran sitio de Cartagena: las tropas de Morillo rodearon la ciudad por tierra, bloquearon los accesos marítimos, cortaron el flujo de alimentos y suministros.
Vino la hambruna.
Vinieron las epidemias.
Llegó el agotamiento físico y psíquico.
Tres meses después, para diciembre de 1815, Cartagena había caído.

Gran sitio de Cartagena. Elaboración e imagen: Arrecaballo.

Durante los meses de cerco, Morillo estableció el cuartel general en la Hacienda Tordecilla.  Allí instaló las imprentas que sirvieron para dar órdenes internas e intimidar y amenazar a los cartageneros sitiados.  Sus tropas ocuparon haciendas y caminos en Turbaco, beneficiándose de su frescura y sus manantiales, mientras Cartagena resistía, aislada frente al mar y cercada por tierra.

Y aquí comienza la paradoja que hace de este lugar algo singular.

Años después, cuando la marea cambió de dirección, el mismo territorio y hacienda quedarían asociadas a las campañas republicanas que buscaban, precisamente, deshacer lo que Morillo había venido a preservar.

Así, Tordecilla terminó conteniendo dos memorias opuestas y entrelazadas.
Fue, primero, base del dominio colonial.
Y luego, corredor de la emancipación.

Cómo si la tierra hubiese guardado, sin juzgar, todo lo que los hombres trajeron hasta ella. 

El ojo de agua Tordecilla

Desde tiempos milenarios, lo que llamamos Turbaco y Cartagena ha estado interconectado no solo por los seres que han transitado sus tierras y sus cielos, sino también por las corrientes invisibles de las aguas subterráneas, que no conocen fronteras ni bandos.

Acueducto en Matute, Turbaco, entre 1907 y 1908, tomada del artículo "La Odisea del Acueducto" escrito por Jorge Sandoval Duque. Foto: Fototeca Histórica

En 1905, las aguas de las haciendas Tordecilla y Matute (hoy el Jardin Botánico “Guillermo Piñeres”) alimentaron el primer acueducto de Cartagena de Indias. Un gesto que hizo visible lo que siempre había existido: el profundo entrelazamiento de estos territorios, su pertenencia a un mismo entramado hídrico, a una memoria compartida de vida que ha permanecido fluyendo bajo la tierra durante siglos.

Mientras termino de escribir esta entrada, comprendo que el agua de Tordecilla es mucho más que un nacedero que hace décadas no ve la luz y que alimenta silenciosamente la Ciénaga de La Virgen, como concluí ese 4 de marzo cuando pisé esa tierra por primera vez.

 

Aprendizajes & Reflexiones Finales

Hoy reconozco las múltiples memorias que impregnan esas aguas y su relación con la rejilla de esclavitud.

Memoria de resistencia indígena.  
Memoria de control colonial.
Memoria de ocupación militar y guerra.
Memoria de esclavitud.
Memoria del deseo de libertad.
Y, sobre todo, el antiguo eco de emancipación del dominio español, de las cadenas, del cuerpo sometido.

Porque el agua, como propuso el japonés Masaru Emoto, está viva y tiene memoria.
Registra en su geometría invisible la vibración de los pensamientos, las intenciones, las palabras, y las emociones humanas.

"Yo puedo hacerlo". Foto: Masaru Emoto.
"Yo no puedo hacerlo". Foto: Masaru Emoto.

Lo que ocurrió en esta tierra no desapareció.
Descendió.
Se filtró.
Se guardó.
Sigue viajando.

Tiene sentido, entonces, que antes de llegar al ojo de agua Tordecilla hubiéramos ido al Matapuercal, donde la experiencia giró en torno a la geometría: hexágonos, panales de abeja, la proporción áurea.

Y quizás también correspondía llegar a Tordecilla. Porque un mes antes, en Chichén Itzá,  recibí una instrucción inesperada de la conciencia de Shiva:

Deberán ir a Cartagena de Indias a rediagramar para borrar y ascender de una vez, por todas, la rejilla, los parámetros, la vivencia de la esclavitud.

En aquel momento no comprendí el alcance de esas palabras. Asocie la rejilla de esclavitud solo al Castillo de San Felipe de Barajas, y no lograba entender cómo se relacionaba esa instrucción con la otra señal recibida: buscar las aguas más poderosas, las que no han visto la luz.

Incluso aquel 4 de marzo, cuando partimos hacia el Jardín Botánico y terminamos en la Hacienda Tordecilla, ignoraba que la búsqueda de las aguas subterráneas nos conduciría hasta un ojo de agua que custodiaba el antiguo deseo de libertad y las experiencias de esclavitud. Memorias, geometrías que habían viajado, como viaja siempre el agua, desde las colinas de Turbaco hasta Cartagena, el gran enclave de esclavitud e independencia en el Caribe.

Un proceso de independencia que contribuyó a dar origen a una nueva cartografía: Colombia. Y que fue fundamental para la emancipación del norte de Suramérica.

Quizá por eso también terminamos allí.

Porque Colombia, con toda su memoria, sus heridas y su potencial de transformación, fue el territorio que elegí para encarnar y vivir esta experiencia humana.

No llegamos por casualidad.
Llegamos porque el agua ya sabía que vendríamos.

Gracias a Ramón Duran quien nos acompañó hasta el ojo de agua y nos compartió la historia más reciente de Tordecilla como quien cuida un fuego: con cuidado, orgullo y reverencia.
Gracias a Santiago Madriñan quien nos habló de la existencia del ojo de agua de Tordecilla. Les recomiendo sus artículos de opinión en el periódico «El Universal» de Cartagena sobre las aguas de Matute y Turbaco, y la visita de Humbolt a Turbaco.
Gracias a Oscar Mateus quien nos mostró el camino hacia el Jardín Botánico «Guillermo Piñeres», para que ahi fueramos redireccionadas al ojo de agua Tordecilla. 

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