Y tal como había dicho el taxista, no estaba lejos.
La Bocana aparecía a unos cinco minutos de la playita con el muelle destartalado.
Casi como si el territorio nos llevara directo al siguiente punto.
El trayecto fue corto.
Y entonces el conductor se detuvo, justo antes de llegar a un puente.
Nos bajamos.
Caminamos hasta la mitad.
Ahí, sin aviso, se revelaba uno de los puntos más sensibles del sistema: el lugar donde la Ciénaga de la Virgen se abre al mar Caribe. Donde la lógica fluvial y la lógica marina se encuentran, se ajustan y se regulan.
Un sistema circulatorio abierto.
Aquí circulan organismos, nutrientes, sedimentos y energía.
Mantiene la conectividad ecológica entre la ciénaga y el mar.
Sus pulmones.
Aquí el sistema respira.
El se renueva y oxigena.
Lo estancado se moviliza.
También su riñón.
Aquí el sistema regula su equilibrio interno.
Se ajustan salinidades, temperaturas, y cargas de nutrientes.
Se filtra, se transforma, se estabiliza.
Músculo gastrocnemio (gemelos)
No hay bombeo propio, pero el sistema late con las mareas.
Cada entrada y salida de agua genera el ritmo que sostiene su dinámica.
Como sistema linfático.
Drena excesos en temporadas de lluvias.
Redistribuye flujos.
Permite la entrada controlada del mar en épocas secas.
Pero también, como en la acupuntura, es un punto de cruce.
Un nodo donde circulan múltiples corrientes: visibles e invisibles.
Superficiales y profundas.
Porque aquí el intercambio no ocurre solo en la superficie.
El agua salada se filtra lentamente hacia los acuíferos costeros.
El agua dulce subterránea descarga.
Debajo del suelo, también, dos mundos se encuentran.
Se mezclan.
Se transforman.
Nada es fijo.
Todo es flujo.
Aquí la ciénaga no termina: se reorganiza. Y en ese intercambio continuo, el territorio revela su condición más profunda: no como borde, sino como sistema vivo en regulación constante.
Una anclaje corto y sustancioso.
Nos subimos al taxi, y él preguntó:
– ¿Y ahora, las llevo al hotel?
3:35pm: aún era temprano.
No tanto para ir al Jardín Botánico, pero pronto para llegar al hotel.
Entonces recordé la instrucción recibida el 26 de febrero, la cual aclarada esta mañana: ir al Canal del Dique antes de regresar al Castillo de San Felipe.
En las compuertas del dique se guarda el secreto de la vida de Cartagena.
El dique. Visiten el dique.
Canten el dique.
Eleven el dique.
—¿Alcanzamos a ir al Canal del Dique? —pregunté.
—¿El de Barranquilla? —respondió.
—No… el que queda cerca de Cartagena. ¿Lo conoce?
Sacó el celular.
Buscó.
Nos mostró unas fotos.
Sí. Era ese.
—¿Nos lleva?
—Claro, con un recargo. Si me hubieran dicho antes, las llevaba de una vez… queda al otro lado.
—Vamos siguiendo pistas, le dije. No teníamos pensado ir hasta allá cuando salimos del Castillo de San Felipe.
—Listo, vamos.
Y así, el taxista hizo un desvío, y salimos rumbo al Canal del Dique.
Gracias a Oscar Mateus, quien el fin de semana previo a nuestro viaje a Cartagena, respondió a mi solicitud de apoyo para identificar las fuentes de agua que alimentan la Ciénaga de la Virgen. En su investigación preliminar ubicó La Bocana como uno de los puntos clave de conexión hídrica.
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