Lo que sigue no es una conclusión.
Es apenas el comienzo de una exploración. Un umbral.
Todo comenzó con una asociación inesperada: KAM – Kamakhya, surgida a partir de un sueño que tuve sobre Cartagena de Indias el 24 de febrero.
A medida que la investigación avanzó, comprendí que el Templo de Kamakhya no puede entenderse como un santuario aislado.
El templo no existe solo: es el corazón pulsante de una vasta y densa geografía tántrica, atravesada por la corriente del Brahmaputra, el rio llamado el “hijo de Brahma”, salpicada por otros Shakti Peethas y articulada por un entramado de templos, estanques y lugares de culto.
El templo no está en un sitio. Está en una red.
El centro de esa red está en Nilachala, la colina azul, o más precisamente, en el conjunto de tres lomas que forman ese cuerpo montañoso.
Las elevaciones llevan los nombres de la Trimurti del Sanatana Dharma: Brahma, Vishnu, y Shiva, tres principios o manifestaciones del Único Absoluto (Brahman). Quien conoce la tradición cristiana reconocerá acá un eco muy familiar: tres personas, una sola naturaleza (la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo).
Para esta exploración, me concentraré en un solo punto. El templo principal: Kamakhya.
Porqué fue allí, se desarrolló mi sueño.
Porqué fue allí me llevó la asociación de KAM.
Kamakhya
Proviene del Sánscrito:
- kāma: deseo. La chispa inicial de la creación antes de que existiera el ser o el no ser, la luz y la oscuridad.
- khyā: decir, nombrar, proclamar, hacer conocer. Nombrar es crear.
Kamakhya puede entenderse como “aquella que revela y manifiesta el deseo primordial”. Pero no se trata del deseo como antojo, capricho o impulso nervioso, sino el impulso profundo que da origen al mundo: la fuerza creativa primordial que impulsa al universo a manifestarse.
La chispa anterior a toda chispa.
La semilla del espíritu en la materia.
Kamakhya es una de las manifestaciones más primordiales de la Diosa.
Cruda. Indomable. Ancestral.
Es Shakti.
Y Shakti lo es todo.
Shakti es Brahman
En el mundo del Sanatam Dharma, Brahman es la realidad última del universo: la conciencia absoluta que subyace y trasciende toda forma, toda cualidad y todo límite. Es anterior a la polaridad: no es femenino o masculino, no es activo o pasivo. Es, quizás lo más cercano, aunque no del todo fiel y equivalente, al concepto occidental de Dios.
Pero Brahman no puede actuar pues la acción requiere direccionar y discriminar. Y Brahman es la totalidad, es indistinto. Aquí entra Shakti, la energía dinámica que crea, sostiene y transforma toda existencia.
«Brahman es la Shakti estática,
y Shakti es el Brahman dinámico”
Historiador V. R. Ramachandra Dikshitar
La magnificencia, poder y belleza de Kamakhya son tan vastos que solo pueden ser sostenidos por el Trimurti.
Nada en este planeta tiene la capacidad de contener su presencia e intensidad.
Ella está sentada sobre una flor de loto. Pero el loto no emerge del agua ni de la tierra, sale del ombligo de Shiva quien yace boca arriba sobre el lomo de un león.
Una verticalidad sagrada: la bestia, Shiva, la flor, ella. A su derecha se encuentra Brahma, y a su izquierda Vishnu, formando el triángulo, un yantra, que sostiene su fuerza creadora.
Shakti es suprema
Ella reside en la esencia del universo.
Es la fuente de todo lo que emerge.
La energía que se encarna en todas las formas. Habita en todos los seres.
Contiene en sí misma todo. Inclusive todos los opuestos y polaridades del cosmos.
Y en lo que toda forma y existencia, eventualmente se diluye.
La Diosa es Una
Es nirākāra: sin forma esencial.
Y también sākāra, pues tiene la capacidad de manifestarse de cualquier forma.
La libertad de ser forma… o de no serlo.
Soberanía absoluta.
Alrededor del Templo de Kamakhya se veneran las Mahavidyas.
Diez rostros de la misma Diosa.
Diez grandes sabidurías.
Diez estados de conciencia.
Un sistema, un mapa del ciclo de experiencia cósmica.
Por eso, querido compañero(a) de viaje, en el vasto y polifacético panteón del Sanatana Dharma, que no es exactamente panteón en el sentido griego o romano, porque no son divinidades separadas sino expresiones o aspectos de una única energía divina, encontramos a las que hoy llamaríamos “influencers” como Kali, Durga y Sarawasti.
Ardhanarisvara. Un cuerpo dividido exactamente por la mitad, de arriba abajo. A la derecha Shiva, a la izquierda Shakti.
No dos dioses.
Son uno solo.
La no-dualidad.
La unión inseparable de Shiva y Shakti.
Shiva representa Purusha: la conciencia pura, el testigo, eterno, inmóvil y trascendente.
Shakti representa Prakriti: la energía creativa y dinámica que da origen a la manifestación del universo.
Sin Shakti, Shiva es shava (cadáver). Al dios y al muerto lo separa solo una vocal.
Sin Shiva, Shakti carece de la conciencia que le da dirección y significado.
Templo de Kamakhya
En la cima de Nilachal, donde la vegetación lo cubre todo con urgencia y mirando hacia el vasto valle del Brahmaputra, se alza el templo de Kamakhya, uno de los centros más importantes del tantra en el mundo.
A diferencia de la mayoría de los templos hindúes, aquí no hay un murti: no se venera una imagen, ídolo o estatua de la divinidad. Aquí no hay Shiva linga.
En su lugar, se venera únicamente el yoni de la Diosa: una roca con una hendidura natural, permanentemente bañada por las aguas de un manantial subterráneo.
El yoni no representa la diosa.
No es ni símbolo ni metáfora.
Es la Diosa misma.
Presente. Activa.
La piedra como matriz cósmica.
Fuente de vida.
Fuente de fertilidad.
Regeneración perpetua.
Portal de nacimiento.
Para llegar al lugar más sagrado del templo no se asciende.
Se desciende por unas escaleras hacia una cámara subterránea, oscura y húmeda, semejante a una cueva
Un útero.
Allí, en el santuario interior, la roca sagrada está iluminada por lámparas de aceite, cubierta en telas y flores rojas, colores asociados a la energía vital y al poder de la Diosa.
¡Y mientras escribo esto, queridos compañeros de viaje, no puedo, y no quiero, disimular mi asombro! Esto es más que una similitud. Aquí hay correspondencia.
Santuario subterráneo.
Piedra.
Oscuridad y penumbra.
Escaleras que descendían.
Agua clara.
Humedad.
Color rojo.
Siete puntos de contacto entre una ciudad en el Caribe y la Gran Diosa en las colinas de Assam.
A más de 15.000 kilómetros (9.700 millas) de distancia.
Varios siglos de antigüedad.
No son elementos evocadores, son idénticos:
No solo «había agua» sino agua clara.
No solo «había color» sino rojo.
No solo «había un espacio interior» sino el descenso por escaleras hacia una cámara subterránea.
Una coincidencia, podría desconocerse.
Dos, podrían ignorarse.
Tres, atribuirlas al azar.
Siete no las puedo ignorar.
Y, aun así, no sé todavía qué significa.
Quizás ahora usted se esté preguntando: ¿y la serpiente del sueño?
Serpientes sagradas
Antes del templo, existía la tierra.
Antes de la teología, existía la serpiente.
La Diosa no era una figura venerada en el territorio.
Ella era el territorio.
Las montañas representaban su cuerpo.
Los ríos, su sangre.
Las cuevas y manantiales, sus órganos.
En la cosmología de las culturas pre-arias de Kamarupa, donde se encuentra Kamakhya, lo sagrado era el lugar. Y en ese mundo animado, la serpiente ocupaba un lugar singular.
Se les reconocía como seres liminales (del latín limen, umbral), habitantes entre mundos y estados, sin pertenecer completamente a ninguno. No eran simples animales. Por eso, aparecen como guardianas de aguas subterráneas, ríos, lagos, cavernas, y custodian el conocimiento oculto que también sucede entre umbrales. Entre lo visible y lo invisible, lo que no se puede decir, pero se puede experimentar.
Con el tiempo, estas presencias se integraron al Sanatam Dharma bajo la figura de los nāgas y nāginīs. Las serpientes sagradas de gran poder, guardianas del inframundo y del tesoro de la sabiduría.
Los nāgas y nāginīs más que mitología, son memoria. Recuerdan la inteligencia que habita en los lugares húmedos y oscuros, en los manantiales que brotan de la roca, en los movimientos que ocurren bajo la superficie de lo visible.
Y así como es afuera es adentro. Principio hermético de correspondencia. O en Sánscrito: yatha pinde tatha brahmande. Como en el cuerpo individual, así en el cosmos. Reflejo por estructura, geometría.
Los nāgas custodian las aguas del mundo exterior.
La Kundalini custodia las aguas interiores del cuerpo humano.
Misma serpiente.
Misma función.
Escala distinta.
Y entonces en los cuerpos humanos reside la Kundalini Shakti. La energía primordial que yace enrollada tres veces y media en la base de la columna vertebral. Una serpiente en reposo: el potencial puro.
Ella no tiene afanes. Cuando asciende y llega a la corona se diluye la ficción de separación. La unión de Shiva y Shakti.
En esta cosmovisión, la serpiente no es lo que es en el Génesis: no es tentación, no es engaño, no es el enemigo de la conciencia humana y el orden divino. Y el conocimiento no es transgresión.
Es exactamente lo contrario.
El conocimiento no separa al humano de lo divino, sino lo encarrilla de regreso. Produce despertar, en lugar de caída. Disuelve la dualidad.
En Kamakhya se venera a Shakti.
Un manantial que se auto propulsa desde el interior oscuro y húmero de la colina.
Asciende y baña permanentemente el yoni de la Diosa.
Axis mundo. Columna cósmica.
Un eje entre mundos (subterráneo, tierra, cielo).
En el cuerpo humano, ese eje es la columna vertebral. En la columna, la serpiente que asciende.
Dos templos. La misma geometría.
Escala distinta.
Fractal sagrado.
Misma dirección: hacia arriba.
Mismo origen: las profundidades.
Mismo destino: la unión.
Misma geometría: el eje vertical que conecta lo que está abajo con lo que está arriba.
Y entonces, volví a pensar en mi sueño. ¿Y el color rojo de la serpiente?
Los tres rojos
En Kamakhya, el rojo no es un color cualquiera. Es el color de Shakti, la energía vital que anima toda forma de vida.
Rojo auspicioso.
Rojo sagrado.
El primer rojo: la sangre que crea
Cada año, en el mes de junio, durante el festival de Ambubachi Mela, el templo celebra algo extraordinario, incluso dentro del vasto universo del hinduismo: la menstruación de la Diosa.
En Sánscrito, Ambubachi Mela proviene de tres raíces:
- Ambu (अम्बु): agua, fluido vital, savia de la tierra, sustancia de vida.
- Bachi: fluir, brotar, manifestarse, hacerse visible.
- Mela (मेला): reunión, congregación, festival religioso.
Así, el Ambucachi Mela puede entenderse como la celebración del flujo vital de la tierra, el momento en que la fertilidad del mundo se renueva.
Durante tres días el templo permanece cerrado mientras la diosa sangra.
La Diosa está en retiro.
No hay devotos, peregrinos o visitantes.
Los rituales se suspenden.
El agua del manantial cambia de color.
De transparente a roja, tiñendo la seda blanca que se pone sobre la piedra.
La menstruación de Kamakhya se extiende por el rio Brahmaputra.
Los devotos recogen esa agua del rio y la conservan para rituales y medicina.
En Kamakhya el mensaje es claro.
La sangre no es impureza.
Es poder creador.
Sangre viva.
El cuerpo de la mujer es sagrado.
Las mujeres son manifestaciones vivas de Shakti.
El proceso de creación es divino.
Aquí se reconoce el poder del yoni: la vagina, el canal, el útero.
Sistema reproductor femenino como matriz de la vida.
Aquí se celebra la menstruación, la ciclicidad, la fertilidad.
Capacidad de renovación perpetua.
Sangre sin violencia.
Sangre de creación.
Sangre sagrada.
Pero en Kamakhya también hay otro rojo.
El segundo rojo: la sangre que disputa
El de las cabras que se ofrecen todos los días en el templo.
El de los búfalos sacrificados durante el ritual de Durga.
La sangre que corre sobre las piedras.
La sangre que disputa lo que la sociedad ha declarado impuro y prohibido.
Con devoción ritualista, la evidencia de la transgresión se convierten en prasad, la ofrenda que se regresa al devoto como gracia y bendición de la Diosa. Esto pertenece al Vāmācāra, el “camino de la mano izquierda” en el tantra, donde la ruptura consciente de la norma libera y da conocimiento.
El tercer rojo: la tierra misma
El hierro del rio Brahmaputra.
Los minerales rojizos del suelo.
Las plantas acuáticas.
Los tres rojos.
Rojo de creación.
Rojo de sacrificio.
Rojo de tierra.
Sangre que da vida.
Sagre que la devuelve.
Sangre que nunca fue de ningún ser particular sino del planeta entero.
Tres rojos que en Kamakhya no se contradicen, conviven. Teología del color.
Y entonces, inevitablemente, vuelvo a mi sueño. ¿Y las cuatro mordidas?
Un sueño.
Un templo al otro lado del mundo.
Un conjunto de símbolos que mi mente intenta ordenar.
KAM. Un eco que me condujo hasta Kamakhya, al yoni de la Diosa.
Pero entonces la pregunta regresa inevitablemente: ¿Cuál es la relación entre el Castillo de San Felipe en Cartagena de Indias y la Gran Diosa en las colinas de Assam?
La pregunta es el umbral que sigue.
Y los umbrales, como ya sabe la serpiente, no se cruzan mirando hacia atrás.
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