Guacamaya de Fuego

Dos horas después de salir de Uxmal, llegamos a Izamal sobre las cuatro de la tarde. El sol empezaba a suavizarse, dorando suavemente las fachadas de la ciudad amarilla.  A pesar de nuestra prisa (los sitios arqueológicos cerraban a las 5pm), había cierta calma, como si el tiempo allí obedeciera a otro ritmo.

Sin demasiada planificación, condujimos directamente hacia el Sitio Arqueológico Kinich Kakmó. No fue una decisión fruto de una intuición clara: simplemente era lo más cercano al punto donde estábamos.

Entramos. Subimos las primeras escaleras. En el descanso nos tomamos una foto.

Luego seguimos por la pendiente empinada, irregular y ruda de la pirámide, que exigía toda mi atención.

Al llegar a la cima, levanté la mirada.  Observé la conexión con el Convento de San Antonio de Padua, construido sobre las ruinas del templo maya Ppap Hol Chac. 

Nos sentamos. Cerramos los ojos. Seguimos la instrucción: poner las manos en el vientre y repetir la frase: “La luz también sabe descansar”.

Pasaron aproximadamente 10 minutos, cuando sentí los mordiscos despiadados de unas hormigas en mi costado derecho.

Abrí mis ojos. Miche los tenía abiertos también.

Nos mirado. Hecho estaba.

Aún con la presión del tiempo, comenzamos a bajar la pirámide lo más rápido posible para lograr llegar a la Pirámide Itzamatul.

Al llegar… ya estaba cerrada.

Siendo casi las cinco de la tarde, decidimos comer en el restaurante Zamná, atraídas por la promesa de sabores ancestrales. 

Y la promesa se cumplió.

El venado Zamna llegó a la mesa tierno y jugoso, con un sabor profundo y limpio, a monte y fuego lento. 

Descubrí una nueva delicia que puedo preparar en casa: sikil pak, un dip fresco, cremoso y ligeramente granuloso hecho con semillas de calabaza y tomate.

Rogelio, nuestro mesero, se tomó el tiempo de contarnos el origen del nombre y hasta nos compartió la receta, como quien entrega un pequeño secreto de familia.  Y detrás de cada tortilla estaba Carmen, que las preparaba con sus manos, recién hechas y aún calientes acompañaron la comida con ese sabor casero que solo se logra frente al comal.

Fue una pausa breve y llena de historia, fuego, maíz y semillas: un almuerzo tardío que supo a Yucatán.

Satisfechas, retomamos el camino de regreso hacia Mérida.

Después de escribir la experiencia, decidí investigar sobre Izamal. Entonces comprendí la magnitud del lugar donde habíamos estado.

Izamal no fue un asentamiento secundario ni marginal en el mundo maya. Fue un lugar de peregrinaje y espacio de articulación, no solo de personas y bienes, sino de sabiduría, conocimiento y poder.  Esta ciudad del norte de Yucatán estaba consagrada y era el principal centro de veneración de Itzamná, el dios creador del mundo, incluyendo a la humanidad, después de un largo sueño.  

Adicional a ser el creador, Itzamná también es una deidad celeste, asociado a la bóveda del cielo, al ciclo del día y la noche y a la organización del tiempo. Del tiempo como una entidad viva que ordena la existencia humana, agrícola y ritual. Por ello, su figura se vincula estrechamente con el orden cósmico.

Asimismo, Itzamná es considerado patrono de la escritura jeroglífica, del conocimiento médico y del sistema calendárico. En otras palabras, representa el saber civilizatorio: la capacidad de medir el tiempo, registrar la memoria y comprender el funcionamiento del universo y de la Tierra. 

El origen de la palabra Itzamná aún está siendo debatida en círculos académicos. En maya, esta formada por:

  • Itzam: iguana o lagarto. Y aquí, entra a mi mente la memoria de la iguana negra de Palenque.
  • Na: casa

De aquí que se interprete que Itzamná es la casa del lagarto o de la iguana (¿casa de los dragones?), con referencias al “reptil celeste” o monstruo cósmico que sostiene el firmamento.

Otros interpretan el nombre como el cascabel de la serpiente y también las Pléyades. Y hay otros que resaltan que Itzamná es quien posee y recibe la gracia o sustancia del cielo, enviando lluvias a la tierra, y que simultáneamente tiene un aspecto terrestre, que corresponde al suelo que recibe la lluvia y donde brota toda vegetación. Si bien no existe un consenso definitivo, las propuestas resaltan su carácter cósmico y estructurador.

Foto aérea de la Pirámide Kinich Kakmó, tomada por Fran Arnau. Sin intervención de Inteligencia Artificial.

La primera pirámide que visitamos, Kinich Kakmó, es la tercera estructura prehispánica más alta de México, después de la Pirámide del Sol en Teotihuacán y la Gran Pirámide de Cholula. Tiene una base de 200 por 180 metros, y la parte superior de la pirámide tiene 34 metros.

Kinich Kakmó puede traducirse como:

  • Kinich: rostro solar o señor del sol
  • Kakmó: guacamaya de fuego

Su nombre significa guacamaya de fuego con rostro solar, y está vinculada al dios Kinich Kak Moo, quien descendía diariamente a consumir las ofrendas.

Alineación de la cima de la Pirámide Kinich Kakmó y el Convento de San Antonio de Padua (Izamal, México). Foto: Carolina Trevisi.

Por otro lado, la Pirámide Itzamatul, a la que no logramos entrar, toma su nombre de Itzamná.

Con esta información, mi mente trazó la geometría que se forma entre Kinich Kakmó, el Convento de San Antonio de Pauda y Itzamatul. Y entonces comencé a vislumbrar porque la presencia Yo Soy de Michelle había descrito Izamal como: “un sello solar dorado (donde) el sol se vuelve maternal, la autoridad se vuelve cuidado, el liderazgo se vuelve presencia suave… Este lugar reprograma el arquetipo del liderazgo femenino: ya no desde la exigencia, sino desde la permanencia”.

Quizás querido compañero(as) de travesía, usted identifique la tensión en la idea de integrar dos arquetipos que, en apariencia, se presentan como opuestos: un “sol maternal”. El sol, símbolo del oro en la alquimia, representa el centro organizado, la conciencia iluminada, el eje que ordena. Tradicionalmente se ha asociado al principio activo, al poder y autoridad (Shiva: conciencia). La Madre representa la tierra fértil, que es a la vez la materia prima y el recipiente donde la vida se recibe, se gesta y se nutre (Shakti: energía creativa). Es potencia creadora y contención.

 

Aquí no hay contradicción: hay integración. En Izamal, estas dos fuerzas se reconocen, se funden en un baile entre conciencia y energía, entre el centro y la matriz.

 

Aquí el arquetipo patriarcal se transforma. El Sol transmuta su forma distorsionada de poder. La autoridad deja de sostenerse en el miedo y se ancla en la coherencia. Ordena sin violencias. Irradiar una presencia constante sostenedora.

 

El sol no quema, nutre.

La luz no invade: revela.

El calor no chamusca: hace germinar.

 

Y al mismo tiempo, la Madre también transmuta.

No se sacrifica hasta desaparecer.  

No devora o asfixia.

 

Sostiene sin poseer.

Contiene sin controlar.

Permanece.

 

Desde esta unión emerge otra forma de liderazgo femenino. Ya no surge como reacción al patriarcado ni sobrecompensación. Se convierte en una expresión de la conciencia integrada.

 

No compite para demostrar valor.

No exige para validar su lugar.  

 

El Uno. Unidad. No como uniformidad, sino como integración viva.

Y estamos en el año 1 (2+0+2+6 =1).

 

Izamal puede sentirse como un dispositivo, como un “sello solar”. No porque aparezca una marca externa, sino que algo sucede por dentro. Como un punto cero donde todo puede reorganizarse.  Un umbral para la conciencia integrada y la identidad soberana.

Soberanía no como aislamiento o prepotencia, sino como autonomía genuina.

Soberana, como las y los “sacer-libres”.


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