En esta travesía por Transilvania llevaba conmigo dos pendientes y una instrucción.
Pendiente: Ir a las formaciones rocosas en el Parque Nacional Bucegi. El año anterior habíamos intentado subir con Suly Casas, pero el teleférico estaba cerrado por los fuertes vientos. Arriba, la montaña estaba cubierta de nieve y continuaba nevando. Sin la ropa adecuada y con el riesgo de una hipotermia, decidimos cambiar la ruta.
Entonces quedó una pregunta suspendida:
¿La montaña y sus piedras tendrían que esperar?
¿O era yo quien tenía que esperar a estar lista para la montaña?
Instrucción: Regresar al castillo Bran.
Nueve meses después regresaba a Transilvania con el propósito de atender aquel pendiente. Esta vez la montaña estaba abierta. Pero, como suele ocurrir en estos viajes, había algo más esperando entre líneas.
Buscando a Peleş, Encontramos a Pelișor
Yaz había leído que el castillo “más lindo” de todo Romania era Peleş. Aunque no formaba parte de nuestro itinerario, Astrid decidió buscarlo. Y entonces ocurrió una de esas pequeñas sincronías que terminan cambiando el rumbo del día: Peleş estaba a apenas seis minutos de nuestro hotel en Sinaia, en el valle del rio Peleş.
Seguimos las indicaciones de Google Maps y llegamos al final de la calle.
Sentí que entramos en otro mundo. Literalmente.
Entramado de madera visible en las fachadas.
Fuerte pero refinado.
Torres con tejas de color naranja.
Olor fresco a bosque entremezclado con aromas de jardín.
Magia y realidad. Todo a la vez.
Pero había algo que no cuadraba. Nada se parecía a las fotografías del Castillo de Peleş que había visto.
Preguntamos: ¿Este es el castillo de Peleş?
Sí.
Astrid parqueo.
Nos bajamos.
Y aquella mañana, bajo un sol resplandeciente y un cielo de un azul vibrante, caí rendida ante Pelișor.
Nunca se me había pasado por la cabeza, querido compañero de viaje, que pudiera aparecer ante nosotras un castillo tan singular: Art Nouveau y Arts and Crafts, entrelazados con ecos bizantinos, símbolos celtas que recuerdan las raíces escocesas de María y elementos tradicionales rumanos del legado de Ferdinand.
Una mezcla improbable.
Disruptiva y absolutamente armónica.
Una integración magistral de aspectos.
Pelișor que parecía pertenecer a otro tiempo y, al mismo tiempo, resultaba extrañamente familiar.
Quizás era su escala.
Quizás era el bosque.
Quizás el pequeño riachuelo que corría a uno de sus costados.
O quizás era la manera en que el edificio parecía conversar con todo lo que lo rodeaba.
Todo me resultaba tremendamente cómodo.
Aquí la arquitectura no se impone sobre el paisaje.
Con la montaña.
Con el bosque.
Con el agua.
Con los jardines.
Con los caminos.
Con las vistas.
Pelișor no era una imposición.
Parece haber nacido de ella y de quienes lo habitarían.
Y entonces entendí que Pelișor no era simplemente una versión más pequeña de Peleş.
Era otra cosa.
Era un chalet real para vivir la vida.
Bajo su magia, resguardadas por los guardianes en bronce, nos sentamos en la terraza, bajo las sombrillas rojo y blanco.
Allí comenzó nuestro día.
Chocolate caliente.
Un croissant a la Transilvania.
La montaña frente a nosotras.
Y esta vista:
Por una hora no hubo itinerario.
No hubo instrucciones.
No hubo pendientes.
Solo nosotras, los Cárpatos, Pelişor y Peleş, y la sensación de que habíamos llegado exactamente al lugar al que teníamos que llegar.
Habíamos salido buscando a Peleş.
Y habíamos encontrado Pelișor.
Nota mental: regresar al castillo de Pelișor.
“Casa de La Naturaleza”
Después de ese dulce comienzo, emprendimos nuestro ascenso hacia Bucegi, el Parque Natural que se extiende 38.684 hectáreas, preservando 14 reservas naturales y 46 monumento de naturaleza. Más de 50 caminos de senderismo atraviesan sus montañas.
Nuestro destino se encontraba en el área de la cumbre más alta del macizo de Bucegi: Vârful Omu. También uno de los puntos más elevados de los Cárpatos, llegando a 2.505 metros sobre el nivel del mar.
El inicio de la carreta, un hilo angosto y serpenteado, se abría paso por entre los grandes árboles de haya y abetos. Entonces hice algo intuitivo: pedí permiso para entrar.
A la montaña.
Al bosque.
A todos los seres que habitan aquel territorio.
Y apenas terminé de hacerlo, sentí una oleada repentina de sueño. Me quedé profundamente dormida durante unos minutos.
Cuando desperté, el paisaje había cambiado por completo.
Los árboles habían desaparecido.
Atrás había quedaron el follaje verdeo oscuro y los troncos rectos, y nos encontramos en la inmensidad del espacio alpino.
Solo colinas redondeadas, vacas pastando, algunos matorrales, el viento, el cielo y unas pocas nubes caminando lentamente encima de nosotras. Algo así como un pesebre alpino.
Habíamos cruzado, casi sin darnos cuenta, el umbral entre dos mundos.
Para nuestra sorpresa, al final del camino encontramos el parqueadero completamente lleno de carros. Inclusive llegó un comboy de militares de distintos países.
Todos parqueamos y nos dispusimos a caminar, iniciando a 1.935 metros sobre el nivel del mar.
Subiendo al Complejo de Babele
Fue una caminata serena.
El viento presente desde el primer momento.
Fuerte. En ráfagas. Helado.
Cómo si la montaña quisiera recordarnos que ella tiene sus propias las reglas.
Y, por supuesto, no fueron los treinta minutos había dicho aquel señor, meses atrás, en el parqueadero del teleférico.
Seguimos caminando.
Y al frente de una cabaña grande, una construcción sin terminar. Y en su muro apareció la primera sorpresa: ¡Leipzig!
Leipzig.
Justo en aquella pequeña ciudad del este de Alemania, Astrid y yo nos conocimos durante nuestro primer año de maestría.
Entre todas las montañas posibles.
Entre todos los caminos posibles.
Entre todas las palabras que podían haber aparecido allí.
Encontrarnos con el grafitti de «Leipzig» fue una de esas coincidencias que nos hizo detenernos y sonreír.
Unos pasos más adelante comenzamos a ver un paisaje de múltiples formaciones de conglomerado: habíamos llegado a Babele.
A nuestra izquierda un grupo de piedras que captó inmediatamente mi atención. Pero mi mente estaba enfocada en la Esfingue, pues era la que había visto por Internet.
Así que seguimos caminando, atravesando distintas formaciones rocosas que, a mis ojos, parecían mucho más que simples piedras.
Eran esculturas vivas.
Conglomerados de millones de años, que ascendieron con los movimientos tectónicos, y luego fueron moldeados lentamente por el viento, el agua, el hielo y los cambios de temperatura.
Biblioteca de los Cárpatos.
Memoria ancestral de los mares del planeta.
Seguimos caminando y finalmente llegamos a la Esfinge de Bucegi (Sfinxul din Bucegi):
La miré.
Sentí.
Esperé alguna señal.
Nada.
Así que seguimos caminando.
Y fue precisamente cuando dejé su rostro atrás, al rodearla por uno de sus costados, cuando algo cambió.
Nuestro punto de conexión no estaba en o alrededor de la esfinge.
Estaba detrás de ella.
Astrid ya se había adelantado y nos contó que, en ese punto, el viento era tan fuerte que casi la había tumbado.
Y tenía razón.
El frío era intenso y el viento golpeaba con una fuerza impresionante.
Pensé: Si esto es julio, en pleno verano, ¿cómo habría sido aquella mañana de octubre del año pasado, cuando la montaña ya estaba cubierta de nieve?
Y recordé el año anterior.
La decisión de no subir con Suly.
Y agradecí profundamente haber escuchado a ese extraño y haber cambiado nuestra ruta.
Nos acercamos a aquellas piedras y buscamos un lugar que nos resguardara un poco del fuerte viento. Sabía que nuestros cuerpos requerían “algo” de comodidad para recibir la información.
Una vez sentadas, todavía sintiendo la fuerza de la montaña y del viento, y el frio, nos silenciamos.
Mi cuerpo se acomodó.
La menté se silenció.
Y entonces, recibí la siguiente información:
(1:34) Comando solar, les saluda.
¿Por qué ese punto en todas esas montañas tan altas y tan lindas?
(1:47) Porque ese es un punto también neurálgico para el planeta. Porque desde allí se gestan y suceden muchas cosas invisibles para el planeta Tierra. Ahora:
Ahí no hay nada que limpiar. Pues, ¿qué puede permanecer sucio con esos ventarrones?
Ahí no hay nada que iluminar. Pues, ¿qué hay que iluminar cuando ya se es un punto de luz?
Ahí no hay nada que reconectar. Pues nunca ha perdido su punto en la rejilla original, si así se pudiera decir. Entonces, tampoco hay nada que reconectar.
Llama Violeta Ascendida
(2:54) Y si entonces no hay nada que limpiar, nada que reconectar y nada que activar, ¿por qué están ustedes allí?
Y sinceramente querida compañera(o) de viaje, yo me reí, porque no tenía ni idea de porqué estábamos allí, más allá de hacer caso al sentir que debíamos ir.
(3:36) Ustedes están allí para… elevar su conciencia una octava más.
Una octava más de conciencia.
Pues, el hermano que ustedes llaman San Germain, les ha dado la potestad, gracia, o como ustedes prefieran llamarlo, de ser una especie de llama violeta ascendida andante.
Andante y caminante.
Por lo tanto, subir hasta ese punto es una manera de extender la llama violeta por todo el planeta.
Pero no ya a través de personas, sino de esa red misma que no requiere ser limpiada ni activada, que, aunque no es perfecta la palabra, es un punto prístino en la red planetaria.
(4:54) Ustedes actúan como un tipo de inyección de la llama a la red, a la rejilla planetaria. Ahí, en ese punto, que no es un punto, sino un camino.
(5:15) Una montaña.
(6:04) Averigua por qué le han llamado esfinge a esa formación.
Si esfinge, no es.
Madre, tampoco es.
(7:13) Para su ánimo investigador, averigua la altitud y la conexión entre este punto y las pirámides del Valle Sagrado de Visoko. Pues, si bien para los humanos esto queda a mucha distancia y no es de manera formal parte de la misma península a nivel geográfico, sí hace parte del mismo sistema territorial de energía.
(7:50) Es algo así como una torre de Tesla.
(8:01) Ya te hemos dicho que averigües sobre el huevo dorado de Tesla de su experimento.
Y entonces, ¿esta torre a qué se dedica? ¿Cuál es su principio?
Para eso, necesitarás entender cómo funciona la torre de Tesla. Porque la torre de Tesla no solamente es la exterior, sino la que guardan todos los humanos en su garganta. Que al final es una especie de torre de Tesla.
Pero para eso, requieres hacer la investigación de qué es la torre de Tesla, cómo funciona el sistema faríngeo y cuál es su relación con la pineal.
(8:47) La pineal, pineal, pineal en los humanos. ¿Es acaso no una torre de Tesla?
Y entonces, ¿qué es lo que transmite la pineal en los humanos?
(9:47) Vayan ahora al siguiente punto del camino.
(9:52) Y así ya estarán listos para su conexión esta tarde en el Castillo del No-Drácula (refiriéndose al castillo de Bran).
(9:59) Allí les esperamos.
(10:02) Comando Solar les saluda.
Si bien había finalizado la transmisión, sentí que algo faltaba, pero no sabía qué. Así que comenzamos el descenso.
La Edad de la Roca vs. la Edad de lo que Vemos
Y mientras retomábamos el camino de regreso, algo comenzó a hacerse claro en mí.
Las piedras del macizo de Bucegi no eran “productos” aislados.
Formaban un conjunto.
Había entre ellas una lógica, una conectividad, quizás incluso, una estructura.
¿Cuál?
Aun no lo sé.
Pero la intuición estaba ahí.
Y entonces apareció otra reflexión.
El poder, la resonancia y la información que guardan y emiten estas piedras no radica en la forma que vemos hoy, por bellas y extraordinarias que me hayan parecido. Porque esas formas no son “originales”.
Lo que hoy vemos, sobre lo que practicamos la asociación libre y la Gestalt, es el producto de, al menos, 100 millones de años de erosión diferencial.
La forma que vemos es reciente.
La materia que la sostienen no.
Antes de ser Esfinge, antes de ser Babele, esas piedras fueron montaña.
Ya tenían cien millones de años cuando nosotros llegamos a ponerles nombres.
Vemos una Esfinge y pensamos en el misterio.
Vemos unas Ancianas y pensamos en sabiduría.
Vemos un rostro y buscamos un mensaje.
Pero ¿qué ocurre si la forma es apenas la última capa de una historia muchísimo más antigua?
Tras la Experiencia
En la transmisión del 28 de julio de 2026 recibí cuatro preguntas a investigar. Cuatro preguntas que, en apariencia, pertenecen a mundos diferentes. Pero quizás solo lo parecen.
1. ¿Por qué una de las formaciones rocosas de Bucegi se llama “la Esfinge”? Esta investigación preliminar es la que comparto en esta sección.
2. ¿Cuál es la conexión entre las Babele (Romania) y las pirámides del Valle Sagrado de Visoko (Bosnia Herzegovina)? Por ahora, solo puedo plantear una conexión preliminar espacial.
3. ¿Qué es el huevo dorado en el experimento de Tesla? Esta pregunta ya había aparecido antes, el 16 de octubre d 2025. Y, desde entonces, está en mis pendientes.
4. ¿Qué relación existe entre la torre de Tesla, el sistema laríngeo y la glándula pineal? Una investigación que requiere más tiempo, estudio y aprendizaje. Queda en los pendientes.
Comparto con ustedes hasta donde pude llegar.
¿Qué es una Esfinge?
Antes de comenzar, quiero hacerles una pregunta.
Querida lectora, querido compañero de viaje: Cuando leen o escuchan la palabra “esfinge”, ¿cuál es la primera imagen o referencia que aparece en su mente?
¿La Esfinge de Guiza?
¿Un rostro enigmático en medio del desierto?
¿Misterio?
Esfinge viene del griego antiguo → Σφίγξ.
Pasó luego al latín como → sphinx.
Y de allí sphinx pasó a las lenguas modernas, incluido el español y el inglés, como → esfinge.
Aunque no hay consenso, se considera que Σφίγξ se relaciona con el verbo σφίγγω (sphíngō) → apretar, estrangular, comprimir.
De ahí surge la interpretación de que la sphinx es la que aprieta o estrangula. Y esto tiene un sentido dentro de la mitología griega.
Desde la Edad de Bronce (3.300 – 1.200 AC), la esfinge era conocida por las culturas del mediterráneo como una criatura híbrida: cuerpo de león, cabeza de mujer y alas.
Ubicada en el camino, ella sometía a los viajeros a un enigma. Quien no lo podía responder, no podría continuar. Y ella lo estrangulaba.
Ella no solo hacia una pregunta.
Ella custodia el umbral.
Sabemos que Edipo resolvió el enigma de la esfinge, tras lo cual fue coronado como rey de Tebas.
Así que, curiosamente, la etimología tradicional nos señala una acción física y contundente.
Apretar.
Comprimir.
Estrangular.
Y entonces surge otra pregunta: ¿Qué ser en este planeta se caracteriza por apretar, estrangular y comprimir?
Cuando me hice esta pregunta, una imagen apareció en mi mente: la serpiente.
¿Y qué Sucede con la “No-Esfinge de Guiza”?
Aquí aparece otra capa de la historia.
Los antiguos egipcios preceden a los griegos por miles de años.
Y la monumental criatura de cuerpo animal y rosto humano mucho antes de que los griegos llegaran a conocerla.
¿Cómo la llamaron los que la construyeron?
La respuesta aún se debate.
Lo que sí sabemos es que Sphinx no era el nombre egipcio original. Fue un nombre griego, nacido de otra mirada, de otra lengua y de otra cosmovisión.
Los griegos contemplaron aquella figura y la interpretaron desde su propio universo mítico.
Y nosotros heredamos ese nombre.
Así una figura egipcia se convirtió en “esfinge” a través de la mirada griega. Y miles de años después, una formación rocosa en Bucegi se vuelve “esfinge” por los rumanos.
¿Y Entonces que Ocurrió en Bucegi?
El nombre de la formación rocosa que hoy conocemos como la Esfinge de Bucegi es relativamente reciente. Tiene menos de un siglo.
Fue acuñado y popularizado por intelectuales y montañistas rumanos durante el auge del turismo de montaña de comienzos del siglo XX. En 1935 aparece documentado como “Sfinx” en Buletin Alpin. Un años después, el profesor Bădăuță, fundador de la Oficina Nacional de Turismo, lo popularizó como la “esfinge rumana” (Sfinxul românesc). Y así adquirió una nueva identidad.
Antes de ser “esfinge”, el paisaje estaba asociado a otro nombre: Babele.
Las “Babele”
En rumano:
babă → anciana, vieja o abuela.
Su plural → babele.
La denominación tradicional del conjunto aparece también como Babele din Caraiman.
Entonces:
Babele → Las Ancianas
din → de / del
Caraiman → Caraiman, pico cercano de 2.384 metros.
Y aquí, de pronto, la percepción cambia completamente.
Ya no vemos figuras aisladas.
Encontramos un conjunto de ancianas de piedra, distribuidas por la montaña. Aunque no están señalizadas, sus nombres permanecen:
Babele la Sfat → Las ancianas reunidas en consejo.
Baba Mare → La anciana grande (2.292m).
Patru Babe → Cuatro ancianas.
Baba de pe Cocora → La anciana de Cocora (pico cercano de 2.191m).
Baba Vântoaselor → La anciana de los vientos.
Baba din Vânturiș → La anciana de Vânturiș (pico cercano).
Y entonces aparece una primera respuesta, casi evidente, a la tarea que me dejaron: se llama esfinge porque, observada desde determinado ángulo, su perfil recuerda a un rostro humano, de manera semejante a la gran No-Esfinge de Guiza (Egipto).
Ni la colosal construcción en Giza ni la formación de Bucegi, ninguna de las dos nació siendo una esfinge.
Primero estuvo la forma, la piedra.
Un sentido y significado para los antiguos.
Después vino la mirada humana posterior: griegos y alpinistas rumanos.
Y finalmente, el nombre.
Y el nombre nos instruye y condiciona dónde, qué y cómo mirar.
Y ese mirar condiciona la forma como nos relacionamos.
Pero quizá aquí comienza lo verdaderamente interesante. Creo que responder la pregunta no era el final sino el comienzo.
Poque no puedo sino preguntarme: ¿Qué representan esas ancianas?
La Anciana: Quien Sabe y Recuerda
Desde una lectura junguiana y tomando como referencia el trabajo de Clarissa Pinkola Estés, el arquetipo de la anciana es mucho más profundo que la imagen de “una mujer vieja”. La vejez es un marcador del paso del tiempo en el cuerpo físico. Pero en el arquetipo, no representa necesariamente pérdida, deterioro y disminución, como con frecuencia lo interpreta la mirada occidental.
Señala, más bien, otra cosa.
Profundidad.
Integración.
Una dimensión de la psique femenina.
La mujer que vivió los ciclos de la vida no solo acumuló experiencias. Los integró. Por eso, la anciana puede contener los opuestos.
La abuelita sabia y la bruja.
La que sabe que las plantas pueden curar y también envenenar.
La que conoce qué secretos deben permanecer ocultos y cuáles revelar.
Es guardiana y umbral, al mismo tiempo.
Al final de su ciclo vital, la anciana se acerca a una nueva transformación: la muerte.
Ella no lo teme. Comprende que no es el final, un umbral dentro del ciclo más amplio de la existencia.
Ella sabe que todo lo que vive cambia.
Ella misma es el resultado de una sucesión de muertes.
Y esto es algo que no tiene, ni puede tener, el arquetipo de la joven ni la madre. Pues este conocimiento solo aparecer cuando la experiencia ha sido vivida, atravesada y, finalmente, integrada.
La historia de la loba, recuperada por Pinkola Estés, visibiliza la integración.
Una anciana encuentra los huesos dispersos del lobo en el desierto.
Los recoge uno a uno.
Los reúne.
Y entonces canta.
Su canto devuelve la vida a aquello que estaba fragmentado.
Y aquí aparece nuevamente: la autointegración, recalcada por la conciencia de Shiva en Chichen-Itza hace 4 meses. Uno de los grandes temas de las travesías de este 2026.
La reunificación de aquello que había sido separado.
La fragmentación que busca volver a convertirse en totalidad.
La ficción de separación.
Y regresando a Bucegi, aparece una coincidencia imposible de ignorar.
No hay una sola Babele.
Sino muchas.
Muchos aspectos en una misma meseta.
Y esto también tiene un eco profundo en los relatos míticos y cuentos tradicionales, pues la anciana generalmente vive en la periferia de la sociedad.
En el bosque.
Junto al fuego.
En una cueva.
En una casa apartada.
En un cruce de caminos.
Y las Babele en Bucegi también están ahí: en lo alto de una montaña, aisladas, en un paisaje que parece suspendido entre el cielo y la tierra.
Y si la anciana es sabiduría.
Y si la anciana es memoria viva.
La que recuerda los ciclos.
La que sabe lo que los otros han olvidado.
Y si estas ancianas han permanecido allí, expuestas al viento, al hielo y al tiempo, durante mucho más tiempo que cualquier generación humana pueda recordarlas… ¿qué historia podrían estar recordando?
Quizás no sea solamente la historia de una montaña.
Quizás sea una historia mucho más amplia.
Nuestra historia.
Pero tal vez no la historia que nos han contado.
Tal vez sea la historia de todo aquello que todavía no sabemos sobre nosotros mismos.
De los capítulos perdidos de nuestra memoria.
De aquello que quedó fragmentado y que todavía busca ser integrado.
Porque quizá la pregunta que debemos hacernos frente a las Babele no es ¿Por qué las llamaron ancianas?, sino una pregunta más profunda: ¿qué recuerdan estas ancianas que nosotros hemos olvidado?”
Prometido: Reflexión Final
En los cuentos, la anciana aparece con frecuencia justo antes de una transformación.
La persona llega a un límite.
No sabe qué hacer.
Ella aparece.
No suele entregar una respuesta directa.
Entrega una clave.
Quizás por eso subí.
Quizás subí para recibir una clave.
La clave para atravesar otro umbral.
La clave para otra transformación.
Gracias a Yaz por identificar el castillos de Peles y a Astrid por darse cuenta de que estaba justo al lado de nuestro hotel in Sinaia.
Gracias a las dos por caminar juntas y aguantar frio!
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